Para los migrantes de centro y sudamerica que ya se encuentran en Estados Unidos, el albergue Corazón de Jesús en El Paso, Texas , se convirtió en un Oasis; entre las inclemencias sufridas para llegar a este punto y el viaje que están por iniciar, al internarse en este país. Ubicado a un par de cuadras de la línea fronteriza entre México y Estados Unidos el albergue recibe al día a cerca de 200 migrantes que son aceptados en calidad de refugiados y aunque ya recibieron su documentación por parte de las autoridades migratorias estadounidenses, se enfrentan a un camino por recorrer sin dinero y sin formar de comunicarse.

El albergue brinda temporalmente, un espacio dónde dormir, asearse e incluso atención médica, pues la mayoría sufre agotamiento, estrés y hasta lesiones provocadas durante su intento por entregarse a las autoridades de Estados Unidos para iniciar su trámite de refugio.

Empezar desde cero Los migrantes que son aceptados en calidad de refugiados en Estados Unidos salen de la estación migratoria de El Paso, Texas, sin nada más que su ropa puesta, un documento que les expiden las autoridades de ese país y, si tienen suerte, los agentes migratorios les devuelven su teléfono celular. Sin dinero para obtener una recarga telefónica y en muchas ocasiones sin batería en su teléfono celular, los migrantes no tienen forma de comunicarse con sus familiares para expresarles su emoción por estar en territorio estadounidense. Alberto es un migrante venezolano que permanece en el albergue de la parroquia del Sangrado Corazón de Jesús, y aunque ya se encuentra en Estados Unidos, no cuenta con los recursos para tomar un transporte hacia San Francisco, California, para reunirse con sus familiares. La única forma de hacerlo es pidiendo dinero en las calles cercanas al puente internacional “Paso del Norte” o buscando empleos temporales a cambio de unos cuantos dólares. “Trabajo dos o tres horas al día, con lo que sea, una parte la ahorro, por ejemplo, ayer limpié un jardín y me gane 30 dólares, descargué después un camión y me dieron 25 dólares, ayer ayude en una construcción y me regalaron 50 dólares”, explica. Afirma que a ese ingreso hay que restarle el gasto de comida y recargas telefónicas para platicar con sus familiares.

El oasis en Texas

En esta misma situación hay centenares de migrantes que a diario llegan a El Paso, Texas, quienes deben desplazarse a sitios como Florida, Nueva York, Washington, entre otros. Una migrante hondureña que decidió no revelar su nombre, viajó acompañada de su esposo, y tres hijas, una de ellas menor de edad, al momento de salir de la estación migratoria, solo lo hizo con su pequeña de ocho años. Refiere que lo más difícil de su situación es viajar con sus hijas, las cuales están expuestas a abusos y una pequeña que en el transcurso de su viaje hacia Estados Unidos, se enfermó de las vías respiratorias. “No buscamos atención, nosotras buscamos cómo (curarnos); nosotros como adultos resistimos, pero mi pequeña me preocupaba mucho” afirmó. Dijo que llegar al albergue fue un respiro, ya que ahí está en un sitio seguro donde puede dormir, mientras espera a sus otros familiares con quienes perdió contacto dentro de la estación migratoria. Martha Ruiz es voluntaria del albergue de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, cuenta que ante la oleada de migrantes que llegaron a Estados Unidos bajo el Título 42, en diciembre de 2022, el padre Rafael García decidió habilitar una especie de bodega en un terreno contiguo para dar asilo a los migrantes cuando en ese momento había una onda gélida. Hoy, este mismo albergue, ofrece un techo en el cual los migrantes pueden atajarse el sol aplomo y las temperaturas de hasta 31 grados. “Recibimos principalmente mujeres con niños, las atendemos de muchas heridas que traen, mientras se comunican con sus familiares u obtienen recursos para tomar un autobús o un tren que los lleve hacia su destino final en Estados Unidos, pero aquí pueden pasar algunos días de manera segura”, afirmó.

Relata que, dentro de su voluntariado, lo más difícil que la ha tocado vivir es la atención de personas que resultan con heridas severas. “Hay personas que llegan con los pies destrozados de la caminata; aquí se los curamos. Personas con espinas en el cuerpo por andar entre los matorrales, la semana pasada atendimos a una mujer que traía una costilla rota al pasar de bajo del muro fronterizo”, explicó. Agregó que lo más triste es atender a menores de edad que llegan con enfermedades respiratorias, fiebres, cuadros de deshidratación y desnutrición. “Por eso, es una bendición que lleguen aquí porque les brindamos aunque sea un alivio, antes de iniciar su camino hacia Estados Unidos”, relata. Aunque el aforo de migrantes que recibe el refugio de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús es de más de 200 personas diariamente, se espera que con el fin del Título 42, el número se reduzca significativamente con el paso de los días.

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