Esta semana, durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz, el presidente del Comité Noruego del Nobel, Jørgen Watne Frydnes, nos recordó algo que a menudo se olvida: la paz no es un estado pasivo o una condición que se da por sí misma, sino el resultado de decisiones políticas y el consenso de sociedades que apuestan por la libertad, la dignidad y el respeto entre quienes las conforman. En su discurso, señaló que este prestigioso galardón busca reconocer a quienes, no solo anhelan un mundo distinto, sino que se enfrentan al poder para construirlo.

Las palabras de Frydnes se pronuncian en un contexto marcado por una tendencia global de regresiones democráticas y la prominencia de liderazgos depredadores que, según la investigación de los estadounidenses Thomas Carothers y Brendan Hartnett, no logran ser contenidos de sus ambiciones y métodos por las instituciones de las propias democracias. En su trabajo, estos investigadores concluyen que, más que demandas de igualdad insatisfechas, los liderazgos que privilegian la fuerza desde arriba sobre el diálogo y la autocontención pueden ser la principal causa de la erosión democrática. La entrega de esta prestigiada presea esta semana nos recuerda que una verdad innegable que a menudo se olvida: paz y democracia son inseparables. La democracia no es solo un mecanismo para elegir gobernantes, sino un diseño institucional basado en equilibrio de poderes, la garantía de derechos fundamentales, la libertad de prensa y condiciones que garantizan la participación libre de la ciudadanía en los asuntos públicos. Son precisamente los elementos que permiten la conformación de entornos más propicios a una convivencia pacífica y al procesamiento de diferencias sin recurrir al uso de la fuerza. Si bien la democracia no garantiza por sí sola la ausencia de conflicto, sí se trata del sistema mejor equipado para que se contengan excesos, se garanticen derechos y la paz florezca. Que la homenajeada de este año sea una férrea defensora de la democracia no puede ser más pertinente. María Corina Machado no encabeza un movimiento armado de defensa ni un aparato estatal que intercede por la paz entre dos actores en disputa, sino que representa a una ciudadanía que reclama su derecho a vivir en democracia. Su lucha ha enfrentado a un régimen que, como fue señalado en su discurso de aceptación, ha desmontado contrapesos, cerrado espacios cívicos y criminalizado la disidencia. El Nobel reconoce en ella a millones de ciudadanas y ciudadanos venezolanos que han pagado un costo altísimo por defender libertades básicas que solo pueden ser garantizadas por los sistemas verdaderamente democráticos y que muchas personas tendemos a tomar por garantizados. En el mensaje de aceptación leído por su hija, Machado nos lo recordó: “La democracia es esencial para la paz”. En esta oración resuena un mensaje que trasciende la situación política en Venezuela y que debemos escuchar en otros países cuyas democracias han registrado regresiones importantes. No hay paz posible en sistemas que restringen libertades, que estigmatizan y/o criminalizan la crítica o que concentran el poder sin límites. Mirar este espejo desde México resulta imprescindible. Ello, a la luz de eventos recientes que, si bien no producen una regresión democrática por sí mismos, han contribuido a la construcción de un entorno en el que las instituciones pierden la capacidad para contener abusos, como lo han advertido Carothers y Hartnett. Se trata de eventos que conducen a un ambiente en que la ciudadanía se autocensura y la política se vuelve menos eficaz para procesar el conflicto de manera pacífica. El debilitamiento o desaparición de órganos autónomos que revisan los actos de autoridad; la colonización del Poder Judicial; la descalificación de la crítica; la intimidación de opositores y periodistas; y la construcción de un clima público de discordia no puede conducir a otro camino que el conflicto.

El Nobel de este año nos recuerda que la democracia no es un lujo ni una formalidad, sino un requisito para la paz. También nos recuerda que cuando las regresiones ocurren, sus efectos no se sienten de inmediato. Primero se normalizan, luego se profundizan y al final terminan por socavar la convivencia. Si aspiramos a un país de paz, debemos comprometernos con la democracia que la posibilita. ______ Nota del editor: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a Georgina De la Fuente.

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