Los abrazos, en su aparente sencillez, guardan una fuerza esencial que nace de lo más hondo de la naturaleza humana. Son un lenguaje silencioso capaz de cruzar fronteras, culturas y palabras, un acto íntimo donde la emoción se expresa sin necesidad de voz.

En ese encuentro de cuerpos habitan el consuelo, la empatía y la complicidad, como un refugio que calma y repara. En tiempos marcados por la distancia y la virtualidad, el abrazo se vuelve un recordatorio vital de lo que somos: seres que necesitan del otro para sentirse completos, unidos por vínculos que sólo el contacto auténtico puede fortalecer.

Después de dos años de haber hecho este último ejercicio, Susana Zabaleta regresó, el pasado 16 de enero, al Museo Soumaya de Plaza Carso de CDMX, para reencontrarse cara a cara con qui…

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