Muchos analistas han empleado mucha tinta y tiempo aire sobre la ola populista en México, Estados Unidos, América Latina y el mundo, lanzando profundas críticas a los liderazgos populistas que están tomando las riendas de los países. Recientemente, incluso, se está dando una diferenciación en las críticas, siendo más intensas las dirigidas hacia los supuestamente emanados de izquierda, y algunos hasta justificando los de derecha.
Desde hace tiempo se han dado planteamientos y análisis anti populistas, lamentablemente algunos de los más conocidos parecen más movidos por intereses específicos de derecha o económicos de empresarios radicales. Ha sido claro el financiamiento a personajes y campañas de manipulación para fortalecer sesgos de las pequeñas cajas de eco de algunas élites del ultra conservadurismo. Seguro a varios les suenan Gloria o Cayetana, quienes curiosamente comparten apellido, pero son de diferentes latitudes. Lo que está completamente ausente es el análisis de por qué están llegando al poder con tanta fuerza estas configuraciones populistas, de izquierda y de derecha. La discusión pública sobre los populismos se está enfocando meramente en lo que hoy caracteriza a este tipo de gobiernos, y en las consecuencias negativas que están teniendo para las sociedades a las que llegan. Y de manera muy particular, en criticar y señalar sus errores o excesos. Pero nada se está hablando o escribiendo sobre las razones que han tenido las sociedades para votar por este tipo de liderazgos. Ni sobre las condiciones sociales que han llevado a que los discursos populistas tengan tanto eco. Mucho menos sobre los errores que nos llevaron a esta realidad. Trump es el ejemplo perfecto. Décadas de errores de la élite política estadounidense fueron profundizando diferencias irreconciliables entre el llamado americano promedio y todo el abanico de minorías que han crecido de manera importante. El exceso de corrección política se convirtió en censura. Las llamadas acciones afirmativas cayeron en discriminación inversa. El discurso político se volvió confrontacional. Ante esto, hubo inacción total y absoluta, de gobiernos Demócratas principalmente, y de Republicanos en otro sentido. Poco a poco se fue evidenciando la desconexión total del sistema política con la realidad social, y la insensibilidad ante una creciente polarización, derivada de desigualdades sociales profundas. Sin atender nunca la raíz de fondo que ha representado la discriminación en aquel país.
Y en México, tenemos a AMLO. Desde su llegada al poder, buena parte de la opinocracia se ha dedicado a criticar apasionadamente todo lo relacionado con sus errores de gobierno y su incongruencia entre dichos y hechos, señalándolo como el creador de la polarización en el país. Pero convenientemente, sus críticos han ignorado los problemas sociales estructurales que venían de mucho antes de su llegada, y que dieron el amplio caldo de cultivo para su base votante. Los grupúsculos privilegiados que se sintieron ofendidos por la 4T, se radicalizaron al mismo nivel que ellos mismos acusan en AMLO. Y en el proceso, olvidaron los excesos, abusos y corrupción del Calderonismo y el Peñismo. Ineficiencia y descontrol del foxismo. Rencor y revancha del zedillismo. Pero sobre todo, se ha ignorado la profundización de las desigualdades sociales, de la discriminación e incluso del racismo en México. La degradación por décadas del poder adquisitivo. La expansión, validada por FCH y EPN, del crimen organizado. El paro absoluto de la movilidad social. Por supuesto que nada de eso ha cambiado con la llegada de AMLO y su sucesora. Pero todos esos elementos son los que explican el enojo y el hartazgo sociales que los impulsaron al poder, derivado de los errores acumulados por años en gobiernos anteriores. La oleada que estamos viendo en el mundo deja claro que no importa si los líderes populistas son de izquierda o derecha. El hilo conductor es el enojo de una amplia base social. El rencor. El ánimo de revancha. La frustración por la pérdida de calidad de vida. El hartazgo con los privilegios. La decadencia de los sistemas democráticos está impulsada por la caída libre en el nivel de los políticos, que se han preocupado más por sus intereses personales y de grupo, olvidando su obligación de diálogo y de búsqueda de convergencias. La pérdida de la búsqueda de convergencias. Polarización y confrontación. Cooptación, coerción y compra de votos legislativos en lugar de negociación (¿les suena el Pacto por México?). Clases dirigentes arrogantes que pensaron saber mejor que la población sus necesidades, negándose a escuchar.
Y también está totalmente ausente del debate público la discusión sobre cómo abordar esos problemas estructurales, la búsqueda de soluciones viables que no impliquen mera crítica de los gobiernos en turno. Tampoco se ve el reconocimiento de dónde nos equivocamos, y los errores que no deberíamos repetir para que no existan esas condiciones que están trayendo al poder a los populismos. Por supuesto que los populismos están haciendo aún más fuertes los problemas sociales que los originaron. Y hasta cierto punto, es lo que les conviene para sobrevivir. Pero mientras no entendamos que todos fuimos partícipes de esas problemáticas, y que debemos pensar más allá de la coyuntura para solucionarlas, no habrá otro camino que la senda destructiva en la que hoy estamos. Urge reenfocar los debates públicos para direccionarlos hacia el acercamiento de los extremos para una búsqueda real de soluciones. Urge propiciar puntos de encuentro. Urge pensar más en la sociedad, y menos en las filias y fobias propias. Solo así saldremos del atolladero. _____ Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.
]]>
Comentarios recientes