La crisis ambiental en México no puede entenderse solo como un problema ecológico. Para la investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Patricia Balvanera se trata de un fenómeno profundamente ligado a las dinámicas económicas, las desigualdades históricas y las decisiones políticas que reducen la naturaleza a un recurso explotable. “Estamos realmente vendiendo nuestro patrimonio por tres pesos” , afirmó en entrevista, al referirse a la forma en que los ecosistemas del país son integrados a mercados globales sin reconocer su valor cultural, social, ecológico ni el trabajo de las comunidades que los sostienen.

Una crisis que va más allá del clima

La investigadora recibió en días pasados el reconocimiento «Mujeres Transformando México: Líderes Innovadoras en Soluciones Ambientales, Sociales y Económicas» , otorgado por la editorial científica Elsevier. El galardón fue otorgado en reconocimiento a su trabajo al introducir el concepto de servicios ecosistémicos en el país y liderar estudios interdisciplinarios pioneros en la costa de Jalisco, además de coordinar la primera evaluación nacional y un documento estratégico para la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio). A lo largo de su trayectoria, la científica Balvanera, quien transitó de estudiar los beneficios que las personas obtienen de la naturaleza hacia un análisis más estructural de las causas de su deterioro, aseguró que la crisis ambiental que el país enfrenta se vincula con un modelo que privilegia el crecimiento económico por encima de la vida. “Estamos viviendo una crisis, por supuesto climática, de la naturaleza, pero también una crisis radica por un lado en legados coloniales muy fuertes, en donde se reducen los territorios y las personas que trabajan en estos territorios en meros commodities , en objetos para los mercados globales, para sustentar el crecimiento económico”, dijo. “En esta problemática vemos que lo que hace una persona en una parte del mundo tiene impacto en todo, en particular lo que hacen las 3,000 personas más ricas del planeta, que son muy poquitas comparadas con las 8,000 millones que habitamos este planeta”, agregó.

Desigualdad y concentración del poder Lo que hacen unas cuantas miles de personas con gran poder económico tiene impactos profundos en todo el planeta».

Esta lógica, añadió, no solo impacta los ecosistemas, también las formas de vida, culturas y sistemas de conocimiento. En ese proceso, dijo, México –como otras economías emergentes– enfrenta una paradoja: su riqueza natural se convierte en fuente de explotación. En este sentido, consideró que las actividades como la minería, la agricultura industrial y la extracción intensiva de recursos responden a demandas externas, mientras los costos ambientales y sociales se concentran en los territorios. “El valor de un bosque o de un sistema agrícola no se reconoce; solo se paga por el producto final”, explicó. Balvanera incorporó en su análisis sobre la crisis ambiental en México un elemento clave: la desigualdad.

Políticas públicas desconectadas del territorio

Esta concentración del poder económico y político, explicó, no solo define patrones de consumo, sino también influye en la regulación –o falta de ella– en países como México. A ello se suman, dijo, “poderes no declarados” que inciden en la transformación del territorio, muchas veces asociados a la violencia y las economías ilegales. El resultado es una crisis que no solo es ambiental, sino también social: el deterioro de los ecosistemas, la pérdida de la seguridad en las comunidades y la profundización de las desigualdades. Aunque la investigadora reconoce avances en la incorporación de la ciencia en la toma de las decisiones en el país, al menos en los últimos años, Balvanera criticó el diseño de las políticas públicas, pues advirtió que “siguen sin escuchar a los territorios”. Desde su experiencia, muchos programas sociales se implementan sin considerar los conocimientos locales ni las necesidades reales de las comunidades rurales y las periurbanas. Esto, explicó, limita su efectividad y, en algunos casos, reproduce las problemáticas que buscan resolver. Frente a ello, propone un enfoque más integral que articule ciencia, saberes comunitarios y participación social. Para la investigadora, el fondo de la crisis ambiental que atraviesa el país también es cultural. “La naturaleza no es una fábrica al servicio del mercado”, sostuvo. En su visión, es necesario reconstruir una relación basada en la interdependencia y el cuidado. Este cambio implica reconocer que la vida humana depende de sistemas naturales complejos, pero también de redes sociales que sostengan la producción de alimentos, el cuidado y la reproducción de la vida cotidiana. “No es responsabilidad solo del gobierno o de la ciencia; es de todos”, afirmó. Balvanera planteó que para enfrentar la crisis ambiental se requiere ir más allá de las soluciones técnicas, pues, dijo, es necesario cuestionar las estructuras que la producen: el modelo económico, la concentración del poder y la exclusión de amplios sectores de la población en la toma de decisiones. También implica, agregó, fortalecer las políticas públicas que, no solo atiendan a los sectores más vulnerables, sino que regulen efectivamente a los actores que generan mayores impactos. En ese sentido, su llamado es claro: sin justicia social y sin replantear la relación entre la naturaleza y el mercado, cualquier estrategia ambiental será insuficiente. “La naturaleza nos sostiene todos los días. (…) El reto es dejar de verla como un recurso y empezar a entenderla como la base de nuestra vida colectiva”, agregó.

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