Toda comunidad vive en la tensión entre la razón que busca dar cauce al poder y las fuerzas que se resisten a un orden común. Cuando una sociedad logra alinear voluntades y dirigir recursos hacia fines comunes, el uso de la fuerza queda reducido a una función excepcional de respaldo. Pero, si el Derecho se debilita, la fuerza no desaparece; se desliza por las grietas del sistema hasta cubrir el espacio que la razón deja vacante.
La vida colectiva transcurre entre dos planos: el de la razón organizada, hecha de normas, procedimientos y acuerdos orientados al bien común, y el del poder, marcado por relaciones de fuerza y capacidades de imposición encaminadas a obtener ventajas o preservar privilegios. La tarea del Derecho consiste en evitar que ese segundo plano impere sin límites. Su función no es negar el conflicto, sino administrarlo. Ofrecer un marco compartido para resolver diferencias, contener abusos y dar certidumbre. El valor del orden jurídico se mide finalmente por su eficacia. Las normas importan no solo por su fuerza formal, sino porque orientan conductas, limitan a la autoridad y vuelven previsible la defensa de valores y fines comunes. El problema empieza cuando el sistema pierde la capacidad de cumplir su propósito. Las leyes y las instituciones siguen ahí, pero dejan de operar con la consistencia necesaria para ordenar eficazmente la vida social. Entonces se abre una brecha entre lo que el orden promete y lo que realmente entrega. Si esa distancia crece, se erosiona la convicción colectiva de que vale la pena obedecer reglas compartidas. Y cuando esa convicción se fractura, el deterioro institucional deja de ser un asunto técnico menor para convertirse en un problema serio. Es ahí donde lo fáctico empieza a desplazar a lo jurídico. Factores reales de poder se disputan otras formas de control. Algunas subsanan vacíos…otras se imponen. Ambas nacen de la ineficacia y prosperan gracias a ella. Ambas dejan de responder a un marco común y pasan a obedecer lógicas particulares. Lo excepcional empieza a normalizarse. La regla deja de ser referencia y el cálculo político ocupa su lugar.
Ese tránsito rara vez ocurre de inmediato. Comienza con concesiones menores, excepciones toleradas y arbitrariedades justificadas en nombre de la urgencia o de la conveniencia. Continúa con la aplicación selectiva de normas, la fragmentación de la autoridad y la idea, cada vez más extendida, de que las reglas obligan a unos, pero no a otros que pueden pasar por encima de ellas. Lo que está en juego no es la legalidad, sino la legitimidad. El sistema no colapsa de golpe, se vacía. Primero aparecen resquicios; después, avenidas. Y por esas vías entra la fuerza. Aquí conviene advertir un punto de quiebre sistémico: cuando la desobediencia es marginal, el orden la absorbe; cuando se vuelve extendida, empieza a rebasarlo. A partir de ahí, la fuerza deja de ser último recurso y se vuelve alternativa cotidiana. Deja de responder al interés público y se convierte en instrumento de motivaciones privadas. Ya no se vive bajo reglas abstractas, sino bajo capacidades desiguales de presión. Quien puede imponer, impone. Quien no puede, resiste, se adapta o se resigna. En esa lógica, la ventaja de hoy puede desvanecerse mañana. Siempre puede aparecer un actor más fuerte, dispuesto a rebasar límites. Por eso, donde domina la fuerza no hay equilibrio duradero, sino tensiones en reacomodo permanente. Así, apostar por el Derecho no es ingenuidad, sino racionalidad política elemental. Es la mejor herramienta para sustituir la lógica del enfrentamiento por la de las reglas. No porque sea infalible, sino porque ofrece el mínimo de eficacia indispensable para contener arbitrariedades, distribuir responsabilidades y hacer posible la convivencia armónica entre intereses distintos.
Otra virtud decisiva de esa ordenación es que puede autocorregirse. Un buen orden jurídico admite revisión, ajuste y aprendizaje que fortalece y hace perdurar el pacto social. Esta dualidad, ordenación racional o fáctica, aplica para cualquier grupo que aspire a organizarse. Educar es también enseñar a vivir bajo reglas razonables, comprender su sentido y distinguir el equilibrio entre interés privado y bien común. La educación es fundamental para ordenar la vida común sin abusos de autoridad y sin sacrificar ni la libertad individual ni las exigencias de justicia social. Por eso la dimensión educativa del tema es decisiva. El Derecho también se vive en hábitos, valores y congruencia. Cada generación decide si forma personas capaces de sostener un orden basado en reglas o si normaliza la idea de que la ley es relativa y la dominación inevitable. Ahí empieza la diferencia entre comunidades estables y las que viven atrapadas en la improvisación, el desgaste y la disputa constante. Cuando la razón retrocede, la fuerza no dialoga… ¡ocupa! Y cuando ocupa el lugar del Derecho, el precio siempre se paga…siempre. _____ Nota del editor: Sasha Klainer (LinkedIn @Sasha Klainer) es director general del Colegio Bilbao en la Ciudad de México y profesor de Derecho también se ha desempeñado funciones directivas en el servicio público federal. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a autor.
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