Cuando se discute el futuro del sistema de salud, el debate suele concentrarse en lo más visible: hospitales, alta especialidad, personal médico, presupuesto e infraestructura. Es comprensible. Sin embargo, hay una parte menos evidente —pero decisiva— que casi siempre queda fuera de la conversación pública: lo que sucede antes de que una persona busque atención médica.
El autocuidado no es una noción abstracta ni un ideal inalcanzable. En la práctica, se refiere a cómo las personas gestionan su salud en el día a día: cómo enfrentan un episodio de dolor o fiebre, cómo previenen infecciones respiratorias comunes, cómo mantienen su salud bucal, cuidan su piel o reaccionan ante los primeros signos de una enfermedad crónica. Son decisiones cotidianas que, acumuladas, determinan cuánta demanda termina llegando al sistema de salud. Cuando estas decisiones se postergan o se toman sin información, las consecuencias son previsibles. Un malestar que se ignora acaba en urgencias; una infección menor se complica; una enfermedad crónica avanza sin control. El sistema interviene entonces de forma tardía, con mayor costo y menor efectividad. Desde un punto de vista estratégico, esto no es un problema aislado, sino un patrón que vuelve al sistema menos eficiente y más vulnerable. Por ello, el cuidar de uno mismo, también es política pública. Por eso conviene replantear cómo entendemos dicho concepto. No como una recomendación genérica ni como una responsabilidad individual desconectada del Estado, sino como un componente estructural de la prevención. Atender antes, orientar mejor y facilitar decisiones informadas suele ser más eficiente que reaccionar cuando el problema ya escaló. Visto desde el entorno económico y productivo, el impacto es claro. Un mayor énfasis en autocuidado reduce consultas evitables, libera capacidad hospitalaria y disminuye incapacidades laborales. También contribuye a contener gastos imprevistos en los hogares y a dar mayor estabilidad al sistema en su conjunto pero, sobre todo, empodera a las personas con información sobre su salud y sus cuerpos. No sustituye a los servicios médicos, pero mejora la manera en que se utilizan los recursos disponibles. En este contexto, la minuta de autocuidado que hoy está lista para subir al pleno del Senado cobra especial relevancia. Su importancia no radica únicamente en reconocer el concepto, sino en sus implicaciones prácticas. Al incorporarse en la Ley General de Salud, el autocuidado deja de ser un concepto de libre interpretación y se convierte en una materia fundamental de salud pública que requiere la intervención del Estado mexicano para diseñar políticas públicas, desarrollar programas específicos, asignar recursos para su promoción y medir el impacto en la salud pública de sus distintas intervenciones.
Este reconocimiento legal permite ordenar responsabilidades y establece una lógica de corresponsabilidad: personas con mayor información y capacidad de decisión, instituciones que no solo atienden, sino que informan para la prevención, y personas que realizan y transmiten hábitos y prácticas para generar comunidades más sanas. Para el entorno empresarial y económico, este giro no es menor. Un sistema de salud con mayor énfasis preventivo es más predecible, más productivo, más sostenible y menos costoso a largo plazo. Reduce ausentismo, mejora productividad y permite que la atención especializada se concentre en los casos que realmente lo requieren, en lugar de destinar recursos crecientes a complicaciones evitables. El momento legislativo es oportuno. México enfrenta un envejecimiento poblacional acelerado, una alta prevalencia de enfermedades crónicas y restricciones fiscales evidentes. En ese escenario, seguir postergando decisiones estructurales tiene un costo tangible. Cada día sin avanzar refuerza un modelo que actúa tarde y gasta más. Aprobar la minuta de autocuidado es una decisión congruente y estratégica de política pública que fortalece la prevención, moderniza el marco sanitario y construye capacidades de largo plazo. Reconocer el autocuidado en la Ley General de Salud es aceptar que la sostenibilidad del sistema no se define solo en hospitales y presupuestos, sino también día con día en los hogares y en lo que ocurre mucho antes de llegar a ellos. ____ Nota del editor: Gustavo Ledesma es Director de Asuntos Corporativos LATAM Norte a Sur en Kenvue. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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