Ayuso llegó a México con un guion preciso: provocar, generar ruido y salir en los titulares españoles durante 10 días seguidos. Lo logró. Mientras tanto, su novio Alberto González Amador enfrenta en España dos causas judiciales abiertas: fraude fiscal y corrupción en negocios vinculados a contratos millonarios de la Comunidad de Madrid que ella preside.
La presidenta de la comunidad autónoma de Madrid ha estado llamando “narcoestado” al país, escribiendo “Méjico” con J en sus redes sociales, aplaudiendo a Hernán Cortés y en su visita a nuestro país, advirtiéndole a estudiantes de la universidad de Ricardo Salinas Pliego que “así es como mueren las democracias, en México y en España, exactamente de la misma manera». Mientras generó ruido con su visita provocadora a México, en España se habló de hispanidad. Los pendientes judiciales del novio pasaron a segundo término, y su viaje cumplió el objetivo que ella tenía: utilizar a México y sus actores políticos como plataforma para su campaña de posicionamiento. Misión cumplida. La presidenta Sheinbaum también se llevó lo suyo, aunque sin mover un dedo. La semana del 6 de mayo era políticamente incómoda: el Departamento de Justicia de Estados Unidos había indiciado al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, junto a nueve funcionarios de Morena por asuntos de narcotráfico. La presión política que enfrenta ha sido la más grande en lo que va de su sexenio. El New York Times le preguntaba públicamente si tenía voluntad política para actuar contra su propio partido; ella misma y la Cancillería mandaron notas diplomáticas a Washington pidiendo pruebas. La conversación dominante era narcopolítica, Morena, encubrimiento y expectativa por cómo reaccionaría la presidenta. Entonces llegó Ayuso, y la conversación cambió de tema. De repente la presidenta no estaba respondiendo preguntas incómodas sobre Sinaloa, estaba defendiendo la soberanía nacional frente a una española que escribe el nombre del país con la grafía de los colonizadores. “Ninguna potencia extranjera nos va a decir cómo nos gobernamos”, dijo…. Y Rocha Moya quedó en segundo plano. Misión cumplida, también. El único que no se llevó lo que buscaba fue el PAN. Los gobernadores panistas que posaron con Ayuso, que le entregaron medallas y aplaudieron sus discursos sobre la hispanidad, creyeron que la visita les daría capital político frente a su base. No calcularon el terreno que estaban pisando, y eso es más grave que haber calculado mal: significa que no vieron el problema. George Lakoff lleva décadas explicando que quien define el marco gana el debate, independientemente de los argumentos. Los marcos son mucho más que palabras, son estructuras cognitivas que activan emociones, valores e identidades. Ayuso activó en México el único marco que existe desde Juárez y que ningún actor político puede ganar desde afuera: el de la soberanía nacional. El de la identidad. El del “no vengas a decirnos quiénes somos”. Basta que alguien desde afuera lo roque para que todo se reorganice a su alrededor de forma automática. Schelling lo llamaría un punto focal: un referente tan obvio y compartido que los actores políticos se alinean instintivamente sin necesidad de acuerdo previo; el PAN se subió al tren equivocado sin ver que iba en dirección contraria.
Sheinbaum no necesitó construir nada. La oposición le entregó el escenario armado. El PAN le puso a la presidenta una bola muy fácil de batear. Lo que Sheinbaum hizo simplemente fue gestionar el símbolo. Aparecer como contrapunto sereno frente a un espectáculo que otros protagonizaban. “Yo no le veo tanta importancia”, dijo de Ayuso, con una calma que vale más que cualquier discurso. Y mientras tanto, la imagen de gobernadores panistas aplaudiendo a una mujer que adora a Hernán Cortés quedó fija en el ciclo noticioso. Sheinbaum los nombró sin nombrarlos: “¿Cómo creen que les va a dar legitimidad una persona que adora a Hernán Cortés? Pues si están medio trasnochados”. Esa frase no necesitaba argumentación. Tenía el marco activado. El caso de Maru Campos añade otra capa que la oposición tampoco supo leer. La gobernadora de Chihuahua que posó con Ayuso es la misma que autorizó operaciones de agentes de la CIA en su territorio sin informar al gobierno federal, un episodio que provocó la muerte de dos de esos agentes y una carta de extrañamiento de la Cancillería a Washington. La imagen de Campos junto a Ayuso no suma narrativa opositora. Refuerza exactamente lo que Sheinbaum quería instalar: una oposición que actúa como extensión de intereses externos, no como alternativa de gobierno. El entreguismo no quedó como acusación. Quedó como imagen, y en el PAN ni se dieron cuenta. Desde la comunicación política, esto tiene un nombre preciso: la oposición activó un marco que no podía ganar, en el momento más inoportuno para ellos y más conveniente para el gobierno. Fue un error estratégico de lectura. Ayuso vino a hacer campaña para su audiencia española y consiguió lo que buscaba. El PAN creyó que podía subirse a ese tren. No vio que el tren iba en dirección contraria, y le regaló a Sheinbaum la pelota más fácil de batear en toda la semana. Los errores más costosos en política rara vez ocurren en medio de la presión. Suelen aparecer cuando alguien cree que puede sacar ventaja de la presión que enfrenta el otro. ____ Nota del editor: José Manuel Urquijo es maestro en Comunicación Política y Gobernanza Estratégica por la George Washington University. Fundó la agencia Sentido Común Latinoamérica y es consultor y estratega político con experiencia en campañas políticas en México y Latinoamérica. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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