A mis maestras y maestros, y a miles más que cambian vidas. La reacción masiva, espontánea y plural frente al intento improvisado y abrupto de cambiar el calendario escolar refleja un despertar ciudadano que amerita continuidad y enfoque. México requiere revisar a fondo y transformar en serio su sistema educativo. Gran parte del futuro de la nación depende de lo que logremos en las aulas.
Seguir en la inercia es un escenario negativo. El deterioro de la infraestructura, la captura sindical de plazas y ascensos, la preminencia administrativa sobre la supervisión y la asistencia técnica pedagógica, la enseñanza memorística, pasiva y fragmentada, así como la uniformidad y la obediencia como reglas de oro: todo ello augura la continuidad y agudización de los malos resultados en pruebas de desempeño, el abandono escolar sin concluir el ciclo medio superior y la desigualdad que reproduce las condiciones socioeconómicas de origen. En el debate educativo que nos urge, la equidad en la calidad es clave, y con ella la atención al “eslabón más débil” en el sistema educativo: la educación media superior (EMS). El enfoque de equidad educativa es indispensable porque las y los estudiantes de hogares con bajos ingresos y carencias, así como las escuelas en zonas de mayor pobreza y rezago social, requieren un esfuerzo especial, mayor. Las becas no son la solución: no modifican las condiciones de aprendizaje y, en el nivel medio superior, en la práctica no están revirtiendo la tendencia de abandono. Junto con las buenas noticias sobre la reducción de la pobreza difundidas por Inegi en agosto pasado, las cifras de la medición multidimensional mostraban datos alarmantes: el rezago educativo de la población entre 12 y 29 años —la edad del avance escolar— pasó del 16% al 23% entre 2016 y 2024: un incremento del 43%. En ese mismo periodo, el porcentaje de jóvenes de 16 a 21 años —edad para terminar la EMS e iniciar la educación superior— que ya no asiste a la escuela subió del 36% al 49%. Casi la mitad de los jóvenes en ese rango de edad ha abandonado las aulas (Inegi, Pobreza multidimensional 2024). La deserción sin concluir el bachillerato afecta en mayor medida a adolescentes y jóvenes de menor ingreso. Si bien hay abandono en todos los niveles socioeconómicos, la magnitud es muy distinta. Entre los 15 y 17 años —edad típica para cursar la EMS—, el 76% permanece en la escuela. Sin embargo, ese promedio oculta que el 95% de los jóvenes de hogares de mayor ingreso (decil X) sigue estudiando, mientras que solo el 59% de los de menor ingreso (decil I) lo hace. Para la edad típica de inicio de la educación superior (18 a 20 años), la brecha se vuelve abismo: 69% en jóvenes de mayor ingreso continúa en la escuela, frente a apenas 24% en los de menor ingreso.
La permanencia educativa —o su contrario, el abandono— no es el indicador más relevante, pues no refleja aprendizajes ni desempeño, pero es la condición básica para otras mediciones. Las pruebas PLANEA, aplicadas por el extinto INEE, permiten diferenciar los resultados de aprendizaje por nivel socioeconómico. Aunque esperado, es un resultado inaceptable que niñas, niños, adolescentes y jóvenes del nivel socioeconómico más bajo tengan peores desempeños que los del nivel más alto. Así, la educación profundiza la desigualdad y deja de ser factor de movilidad social y superación, para convertirse en un refuerzo de la condición de origen. La discusión pública sobre la educación tiene muchas prioridades. Entre ellas, la equidad educativa —que implica invertir más recursos y talento en las escuelas donde asisten estudiantes de hogares de menor ingreso— es indispensable. También debe priorizarse la atención al abandono escolar, que inicia en secundaria (12 a 14 años) y se convierte en un tobogán en picada a partir de los 15 años. Las becas no están siendo suficientes, y menos aún con su implementación actual, que excluye a hogares de menores ingresos. La vinculación de los bachilleratos técnicos con el aparato productivo de cada región abriría una ruta de mejora educativa y de impulso a la movilidad social para jóvenes de las zonas con mayor pobreza, que tendrían carreras “cortas” para lograr trabajo digno. Sin requerir una gran inversión, esta ruta puede mover una tuerca muy importante frente al abandono escolar y a favor de la pertinencia educativa. Por lo pronto, a mantener la educación en el centro del debate nacional. _____ Nota del editor: Rogelio Gómez Hermosillo es Presidente Ejecutivo de Acción Ciudadana Frente a la Pobreza. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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