Hay una crisis de confianza global que se ha convertido en una ruptura prácticamente en todos los sectores, y que se ha manifestado en prácticamente todas las mediciones recientes tanto del barómetro de confianza de Edelman, de la Encuesta Mundial de Valores o el Latinobarómetro. Todos estos reportes son unánimes: la confianza en las instituciones, en los medios de comunicación y en las élites cae sistemáticamente.

Una vez que la confianza en instituciones colapsa, la gente busca autoridad en otro lado, y la busca sobre todo en lo que le parece familiar, cercano, en personas y actores que demuestren algo específico como la autenticidad y la cercanía; que se muestren tal cual son en sus procesos, no como élites perfeccionadas, que construyan comunidad y no que hablen a una audiencia. Ese fenómeno sucede en todas partes: en la música, en los medios, en cualquier espacio donde había gatekeepers institucionalizados, pero el Digital News Report 2026 del Reuters Institute publicado el pasado 16 de junio revela algo crucial que los gobiernos han pasado por alto: el tipo de creador que emerge es un espejo del estado de salud de tus instituciones informativas. Nic Newman, autor del análisis especial del reporte, lo documentó con mucha precisión: en mercados como Estados Unidos, Brasil, México, Polonia y Serbia, los creadores más mencionados tienden a ser comentaristas estridentes de un lado u otro de la grieta política . Estos son países caracterizados por bajos niveles de confianza en noticias, medios públicos débiles y alta dependencia de redes sociales. La gente en México busca lo mismo que busca en Francia, Brasil o Noruega: autenticidad, cercanía, comunidad, personas que se muestren en el proceso. Es natural. Es consecuencia de la ruptura de confianza en élites. Sin embargo, cuando tenemos sociedades polarizadas, el creador que amplifica las divisiones gana más engagement, más alcance, más visibilidad que el que invierte en verificación lenta. Es una ecuación económica perversa y simple, porque el algoritmo premia las reacciones provocadas por emociones fáciles de generar con la estridencia, por encima de la información verificada, que suele ser más lenta y compleja. Aquí es donde los gobiernos cometen su error porque ven a los creadores informativos como adversarios o como polarizadores que necesitan ser descalificados, bloqueados, ignorados. En mi opinión, el análisis del Digital News Report revela que los creadores polarizadores no son la causa de la polarización, más bien son síntoma de que no hay instituciones informativas lo suficientemente fuertes como para competir con ellos en el espacio donde la gente busca autoridad. Dinamarca no tiene creadores estridentes porque tiene medios públicos sólidos, periodismo local riguroso, instituciones que documentan sistemáticamente. Hay competencia por la confianza, y esa competencia se gana con rigor, no con amplificación de grietas.

México, Brasil, Estados Unidos y Serbia tienen creadores comentaristas porque el vacío existe. Y la naturaleza odia el vacío. ¿Cómo deberían comunicar entonces los gobiernos? Los grandes medios ya descubrieron la respuesta. Hace tres años distribuían para TV y prensa; hoy lo hacen para redes. Cambiaron formatos, ritmo, tono: adoptan brevedad, conversación, video vertical, humor, proceso visible. Lo hicieron porque supieron que la gente cambió cómo se informa. Sin embargo, la mayoría de gobiernos en todos los niveles siguen en 2015; producen comunicados de prensa formales que nadie lee. Videos institucionales de cinco minutos donde un funcionario habla a cámara con distancia. Postales en redes que muestran «el lado bueno» sin proceso, sin construcción, sin nada que genere emoción o identificación. Buscan parecer perfectos y por eso muy poca gente confía en ellos. Lo irónico es que ya saben qué hacer: lo ven a diario en creadores, pero confunden «adoptar formato de creadores» con «ser menos serio» o «rebajarse», cuando en realidad es lo opuesto: es recuperar el derecho a contar su propia historia. Algunos gobiernos podrían construir sus propios creadores informativos. Personas que trabajen en la administración pública, que documenten decisiones, que muestren proceso, que expliquen políticas en tiempo real. Podrían mostrar qué sucede en territorios, cómo funciona una política pública, cuál es el impacto real, con procesos visibles, sin filtros burocráticos, con tono más conversacional que institucional. Lo que no pueden hacer es mantener la lógica de la élite mediática cuando esa élite ya perdió autoridad globalmente. ¿Por qué no lo hacen? No es incompetencia. Es miedo institucional. Mostrar proceso significa mostrar incertidumbre. Admitir que la decisión estaba en construcción. Exponerse a crítica en tiempo real. Permitir que alguien vea el error antes de que la institución lo corrija perfectamente. Las instituciones están diseñadas para ocultar eso. Para presentar decisiones hechas, resultados medidos, narrativas pulidas. Y esa distancia, la que mata confianza, es exactamente lo que creen que las protege. Entonces nadie lo hace porque hacerlo requeriría repensar cómo funciona la institución desde adentro, y eso es más difícil que culpar a los creadores que evidencian las debilidades gubernamentales y exhiben los errores, y eso es justeamente lo que los gobiernos realmente no quieren ver. ____ Nota del editor: José Manuel Urquijo es maestro en Comunicación Política y Gobernanza Estratégica por la George Washington University. Fundó la agencia Sentido Común Latinoamérica y es consultor y estratega político con experiencia en campañas políticas en México y Latinoamérica. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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