A unos pasos de la marea verde que llena Paseo de la Reforma para apoyar a la selección mexicana, hinchas ecuatorianos encontraron su refugio en el restaurante ‘Al sabor de mi tierra’ , en la colonia Guerrero, a unos pasos de la Plaza de Garibaldi. «¡Ecuador, Ecuador!» y «¡sí se puede!», son las porras que inundan el pequeño local repleto de personas con la playera amarilla de La Tri.

“Les damos las gracias por abrirnos las puertas de su país, por todo lo que nos han dado. Nos han dado trabajo, nos han dado techo”.

La tensión entre Ecuador y México va más allá de la cancha: el gobierno mexicano decidió romper relaciones en 2024, tras la irrupción en su embajada por parte de la policía ecuatoriana para detener al exvicepresidente Jorge Glas , a quien México daría asilo político. Previo al partido del Mundial, la rivalidad también se dejó ver cuando la noche del lunes hasta la madrugada del martes aficionados de México se plantaron frente al hotel en Santa Fe donde se concentraba la selección de Ecuador para hacer ruido. «No entiendo por qué siempre la política ataca, se rompen los lazos, se rompe todo», dice Christian Ceballos, ecuatoriano que migró desde hace dos años a México. Para el hincha de La Tri, México es un país «muy chido» y en lugar de dividir, el futbol debería crear lazos entre las personas. «Mañana se termina el partido, pasado se termina el Mundial y si nos vemos nos saludamos, de pronto compartir una comida, una cerveza, un buenos días, buenas tardes», afirma.

Sostiene que sin importar el resultado del partido -que definirá si México o Ecuador pasa a octavos de final en la Copa Mundial- va a celebrar a cualquiera de las dos selecciones. «Soy 100% ecuatoriano pero en la cancha que gane el mejor, que gane siempre el mejor. Si gana México celebramos, si gana Ecuador, celebramos», asegura. La comunidad ecuatoriana comparte cervezas, empanadas, patacones, encebollados y churrascos, los sabores de su tierra a más de 3,000 kilómetros de distancia. «Me siento como en casa», dice Gary Ortiz, quien lleva viviendo dos años en México, un país que define como «duro pero no imposible». Reconoce que tanto en las calles como en las redes sociales ha sentido una hostilidad que supera la usual para un partido de futbol, pero afirma que como él, la gran mayoría de las y los ecuatorianos solo intentan salir adelante. «Somos buenas personas, somos personas que estamos buscando nuestro bienestar», comenta. «Hoy silenciamos el Azteca», grita uno de los hinchas de Ecuador con la salida de los jugadores de México en la pantalla. No obstante, los pocos aficionados de la selección mexicana en el restaurante son bienvenidos a compartir el trago y la botana en el partido. Jesús Jael abraza a su esposa Alejandra y su hija Sofía, una pequeña de apenas un año, quien considera es el mayor regalo que le ha dado México a tres años de migrar. «Encantados de cómo nos recibió este país, muy felices, alegres porque nos dio la mayor bendición que es nuestra hija», indica. Aunque el objetivo de la pareja era llegar a Estados Unidos, las políticas migratorias cada vez más duras del país del norte no les permitieron cruzar por lo que hicieron de la Ciudad de México su hogar. Su sueño no es ver a su selección de futbol ganar frente a México, sino poder llevar a su hija a conocer su tierra y al resto de su familia en Ecuador. «Hacemos todo lo posible por regularizarnos y poder llevar a nuestra hija a nuestro país», sostiene.

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