Cierro esta serie con la pregunta que da sentido a todo lo anterior: no si México «aprobó» el examen del Mundial 2026 —esa discusión binaria es, francamente, una trampa que el propio discurso oficial ha usado para evadir la crítica de fondo—, sino qué tan preparado está el país para volver a ser sede de un evento de esta magnitud, y qué tendría que empezar a construir hoy, con humildad y sin propaganda, si aspira a hacerlo con seriedad.
El balance, sin adornos ni concesiones Cinco correcciones que ya llegan tarde para la próxima vez
El aparato de seguridad «duro» —estadios, FanFest oficial, escolta de delegaciones, cooperación trinacional de inteligencia— funcionó según lo diseñado: no hay muertes ni incidentes graves documentados dentro de esos perímetros. Pero el costo humano más alto del evento ocurrió fuera de ese perímetro, en espacio público que ni la planeación urbana ni la tecnología de vigilancia cubrieron con el mismo rigor, y con un despliegue de fuerza de 99 mil elementos que, como documenté, operó esa noche en modo exclusivamente reactivo, sin evidencia de inteligencia predictiva aplicada al espacio abierto. La gestión de la protesta social transcurrió con tensión documentada y sin resolución de fondo de las demandas que la originaron. Y el episodio Feinmann mostró que la comunicación de riesgo institucional frente a rumores geopolíticos sigue siendo, en el mejor de los casos, reactiva, y en el peor, omisa. Ningún eje de este ejercicio mundialista escapó al mismo patrón: improvisación disfrazada de operativo, y reacción disfrazada de estrategia. Primero, diseñar el espacio público con el mismo rigor que se diseña un estadio: aforo dinámico medido en tiempo real, no estimado; puntos de descompresión; entradas y salidas diferenciadas; protocolos de cierre de acceso automático al alcanzar el límite seguro. Segundo, auditar y hacer pública la cadena real de tiempos de respuesta de emergencia: si los 40 a 45 minutos reportados por testigos para la llegada de paramédicos al Ángel se confirman oficialmente, eso es una falla de protocolo que ningún despliegue de drones o cámaras corrige por sí solo. Tercero, extender la inversión en vigilancia predictiva al espacio abierto, no solo a recintos con puertas. Cuarto, crear un protocolo de desmentido rápido y oficial ante rumores geopolíticos que dañen la reputación de seguridad del país. Quinto, separar con transparencia la gestión de la protesta social de la gestión de imagen del evento.
La pregunta que el gobierno no quiere que se haga La advertencia final: la prospectiva no se improvisa
¿Está México listo para volver a ser sede? Mi respuesta, como consultor, es deliberadamente no binaria, y me niego a dar el veredicto simplista que la narrativa oficial querría escuchar. México demostró capacidad logística y de coordinación interinstitucional considerable: 99 mil elementos desplegados, cooperación trinacional operando, estadios sin incidentes. Eso no es menor. Pero la capacidad de ejecutar un operativo grande no es lo mismo que la capacidad de anticipar sus puntos ciegos, y ahí la evidencia de este Mundial es más cuestionable que celebratoria. Un país que despliega casi 100,000 elementos y aun así no logra prevenir una estampida mortal en la vía pública no tiene un problema de recursos: tiene un problema de doctrina. Esto me lleva a la advertencia más importante de toda esta serie: la seguridad de un megaevento no se construye en los 18 meses previos a la inauguración; se construye con inteligencia prospectiva de una o dos décadas de antelación. Qatar tardó años en construir su ecosistema de vigilancia; Los Ángeles ya trabaja, desde ahora, en la seguridad de sus Juegos Olímpicos de 2028 —esto último conviene verificarlo contra fuente actual, ya que la planeación de esos juegos puede haber cambiado desde mi corte de información—. Si México aspira a organizar en el futuro otro evento de esta escala, la planeación no puede empezar cuando la sede ya está confirmada. Requiere un área permanente de inteligencia prospectiva en seguridad de megaeventos, capaz de sobrevivir a los cambios de administración, porque la próxima oportunidad de México como sede probablemente no coincidirá con el mismo gobierno que organizó ésta. No tengo evidencia de que ese ejercicio de planeación de largo plazo exista hoy en ninguna instancia mexicana, y su ausencia, más que cualquier incidente puntual, es el riesgo más serio que el país arrastra hacia cualquier aspiración futura de volver a ser sede. _____ Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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