Escuchar tus canciones en la inolvidable década de los setenta significaba tener que girar la perilla de un aparato de bulbos o de transistores. Al moverla, una aguja recorría el cuadrante donde venían marcadas las frecuencias: en kHz para AM y en MHz para FM. Si era un aparato portátil, tenías que extender su antena telescópica y apuntarla hacia donde captara mejor la señal de tu estación favorita; un ritual de precisión que los autos de la época también replicaban con sus varillas de metal. En un mundo sin pantallas digitales ni memorias, sintonizar requería, antes que nada, paciencia.
Esa misma paciencia se convertía en magia durante las noches, cuando la señal se limpiaba y nos permitía captar estaciones de Estados Unidos. Desc…
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