Estuvieron a nueve milésimas de morir. En 2015, después de 25 años viviendo del presupuesto público, las alianzas y los cargos legislativos, el Partido del Trabajo obtuvo 2.991% de la votación en la elección ordinaria de diputados federales. Necesitaba 3%. Parecía que finalmente México iba a despedirse de un partido parásito que jamás había estado cerca de ganar la Presidencia , que nunca había gobernado el país y cuya extraordinaria especialidad consistía en algo mucho más sencillo: sobrevivir. Pero el muerto abrió los ojos.

El nacimiento de un partido satélite

Una elección extraordinaria muy extraña, en Aguascalientes, modificó el cómputo nacional y permitió al PT conservar el registro. Tres años después, aquel partido que había estado a centímetros de desaparecer encontró la locomotora perfecta: Andrés Manuel López Obrador. Se subió, cerró la puerta y nunca volvió a bajarse. Hoy, once años después de aquel funeral cancelado, el diminuto PT amenaza al gigante Morena con hacerlo perder hasta doce gubernaturas. No es ideología. Es supervivencia. Y de eso el PT sabe muchísimo. El PT nació en 1990, durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, producto de distintas organizaciones populares de izquierda. Desde entonces existe un personaje prácticamente inseparable de sus siglas: Alberto Anaya. También existe una vieja sombra: Raúl Salinas de Gortari. Durante décadas se ha señalado (y comprobado) la cercanía de Anaya con el hermano del entonces presidente y sus adversarios han sostenido que la aparición del PT resultaba conveniente al salinismo porque fragmentaba a una izquierda que comenzaba a concentrarse alrededor del PRD y Cuauhtémoc Cárdenas. Nunca se acreditó judicialmente que Raúl Salinas hubiera creado o financiado al PT. Afirmarlo como hecho sería mentir. Y no hace falta. La historia comprobable del partido resulta suficientemente incómoda. Porque si algo ha caracterizado al PT es su capacidad de orbitar alrededor de organizaciones políticas mucho mayores. Primero encontró espacios mediante alianzas con distintas fuerzas; después acompañó al PRD y a López Obrador; finalmente encontró en Morena la estrella alrededor de la cual podía permanecer. Un partido satélite no necesita conquistar el sistema. Necesita mantenerse suficientemente cerca del planeta grande para recibir luz, posiciones y oxígeno electoral. El PT perfeccionó el método.

De izquierda… cuando les conviene

El PT se define como un partido de izquierda, pero su historial de alianzas demuestra una flexibilidad ideológica extraordinaria. Ha caminado con el PRD, con López Obrador y con Morena, pero cuando las circunstancias electorales lo permitieron también encontró coincidencias con fuerzas ubicadas muy lejos de su discurso. En Oaxaca acompañó la coalición que respaldó a Ulises Ruiz. En Chihuahua participó en la alianza que llevó a César Duarte al gobierno. Extraña revolución proletaria. Una muestra de su hambre desmedido por poder. Porque para el PT la ideología parece haber tenido demasiadas veces una maravillosa capacidad para adaptarse al calendario electoral. El adversario de ayer puede convertirse en socio mañana si existen votos, posiciones o supervivencia de por medio.

Chihuahua: el feudo El partido de Alberto Anaya Entonces apareció AMLO Ahora quieren a Andrea Monreal los mugroseó El verdadero problema

Para entender al PT no basta mirar a Alberto Anaya. Hay que viajar a Chihuahua y conocer otro apellido: Aguilar . Rubén Aguilar Jiménez fue una figura histórica del Comité de Defensa Popular y su nombre continúa apareciendo en la estructura nacional del Partido del Trabajo. También están Lilia Aguilar y otros integrantes de una familia que durante décadas ha formado parte de la vida política petista. No estamos hablando de una agrupación recién llegada. Estamos hablando de generaciones. El viejo CDP construyó parte de su fuerza mediante organización popular alrededor de vivienda, terrenos y colonias de Chihuahua. Sectores como Villa, Nuevo Triunfo y otras zonas del norte de la capital quedaron históricamente vinculados a aquellas estructuras sociales y políticas. Eso no significa que los habitantes de esas colonias pertenezcan al PT ni que automáticamente voten por él. Sería absurdo afirmarlo. Lo interesante es el modelo. Mientras los grandes partidos intentaban conquistar estados enteros, organizaciones como ésta aprendieron a conservar pequeños territorios de influencia capaces de proporcionar estructura, militancia y presencia electoral. No necesitaban conquistar México. Necesitaban sobrevivir al porcentaje. Y durante décadas eso fue suficiente. Hablar de renovación dentro del PT requiere cierta imaginación. Alberto Anaya ha permanecido en la cúpula del partido prácticamente desde su fundación. Treinta y seis años en los que México cambió de régimen, vivió dos alternancias presidenciales, vio nacer a Morena y prácticamente desaparecer al PRD. Salinas se fue. Zedillo se fue. Fox se fue. Calderón se fue. Peña Nieto se fue. López Obrador terminó su Presidencia. Anaya sigue ahí. ¡Vaya que es negocio ser dueño de un partido político! México conoció al PRI de los presidentes, al PRD de las tribus y a Morena de López Obrador. El PT parece haber inventado algo todavía más eficiente: el partido donde sus figuras históricas simplemente envejecen dentro del organigrama, sin logros conocidos. La decisión política más importante del PT fue entender antes que muchos dónde estaba el futuro de la izquierda mexicana. Acompañó a López Obrador en 2006, regresó con él en 2012 y finalmente se integró a Juntos Haremos Historia en 2018 junto con Morena y Encuentro Social. Fue una decisión políticamente extraordinaria. Tres años después de estar a nueve milésimas de desaparecer, el PT estaba montado sobre una candidatura presidencial que consiguió más de 30 millones de votos. No produjo la ola. No construyó a López Obrador. No creó a Morena. Pero supo exactamente cuándo subirse al tsunami. Y sobrevivió otra vez. Llegamos a 2026. En Chihuahua, el PT decidió apostar abiertamente por Andrea Chávez dentro de la sucesión rumbo a 2027. Lilia Aguilar ha sido una de las figuras que públicamente han impulsado su proyecto mientras Morena todavía enfrenta su propia definición interna. Pero Chihuahua es solamente una pieza diminuta. En Michoacán aparece Raúl Morón . En Quintana Roo, Rafael Marín Mollinedo . En Zacatecas están Geovanna Bañuelos y Ulises Mejía . Las diferencias se han extendido a otros estados donde Morena y sus aliados tendrán que decidir quién pone candidato y quién simplemente pone los votos. Y ahí comenzó la rebelión. El PT cuestiona encuestas, reclama participación en las decisiones y amenaza incluso con abrir sus puertas a morenistas inconformes. La pregunta es inevitable: ¿qué gigantesca diferencia ideológica apareció de pronto? Ninguna. Lo que aparecieron fueron candidaturas.

“Podemos hacerlos perder” Reginaldo Sandoval terminó diciendo en voz alta aquello que explica perfectamente la nueva estrategia. Quizá el PT no tenga fuerza para ganar determinadas gubernaturas por sí mismo, reconoció, pero sí podría tener votos suficientes para hacer perder a Morena. Habló de siete, ocho y hasta doce. La frase es extraordinariamente potente, porque desnuda el tamaño de la ambición y también su falta de límites ni escrúpulos. No dicen:
podemos ganar doce . Dicen:
podemos hacerte perder doce . No ofrecen sustituir al gigante. Amenazan con quitarle los centímetros que necesita para cruzar la meta. ¡A su propio salvador llamado Morena! Eso es precisamente lo que vuelve tan valioso a un partido bisagra: sus votos pueden valer mucho más dentro de una coalición que compitiendo en solitario. Morena no debería ni siquiera pensar en aliarse con el PT durante el 2027 al ser extorsionados de esa forma! Ricardo Monreal respondió este 24 de septiembre con una de esas frases aparentemente educadas que en política equivalen a un descontón. “No creo que le asista la fuerza suficiente”. Traducido: no se emocionen. Monreal puso en duda que el PT tenga capacidad para provocar doce derrotas de Morena. Pero existe una contradicción deliciosa: apenas unos días antes había advertido a su propio partido que no debía confiarse y que era importante conservar cerca tanto al PT como al Verde rumbo a 2027. Porque Morena también sabe hacer cuentas. Y una elección cerrada puede decidirse por tres puntos. Ahí el pequeño deja de ser pequeño. Se vuelve costoso y una sanguijuela. Por eso la discusión sobre el PT debería ir mucho más allá de Andrea Chávez, Alberto Anaya, Rubén Aguilar o la próxima gubernatura que consiga negociar. La pregunta verdaderamente incómoda es qué aporta este modelo a la democracia mexicana. No hablo de sus militantes ni de sus electores. Tampoco de su derecho a competir, que mientras cumpla la ley es exactamente el mismo que el de cualquier otro partido. Hablo del modelo. De organizaciones que pueden pasar décadas sin convertirse en una alternativa nacional de gobierno, sobrevivir alrededor del porcentaje mínimo, concentrar durante generaciones sus estructuras de poder y multiplicar su influencia gracias a coaliciones con partidos mucho mayores. El PT estuvo a punto de desaparecer. Sobrevivió. Encontró a López Obrador. Creció. Consiguió diputados, bastante presupuesto y posiciones que jamás soñó tener. Y ahora amenaza al movimiento que multiplicó su relevancia porque considera que llegó el momento de cobrar más caro. Ahí está el verdadero cáncer al que me refiero:
no las personas, sino una forma de hacer política en la que sobrevivir termina siendo más importante que representar. El PRI perdió la Presidencia. El PRD perdió hasta el registro nacional. Algún día Morena también dejará el poder. El PT probablemente buscará entonces a quien venga después. Porque ésa parece ser su verdadera ideología. No la izquierda. No la revolución. Ni siquiera la Cuarta Transformación (que evidentemente nunca ha reasentado ni apoyado realmente).
Solo quiere el poder y lo quiere a la fuerza. Estar cerca de quien lo tenga. Obtener de él lo necesario para sobrevivir. Y cuando llegue el momento, recordarle que esos pocos votos también tienen precio. Quizá por eso el PT nunca necesitó conquistar México. Le bastó con aprender a vivir de quienes intentaban conquistarlo. Y después de 36 años la enfermedad sigue ahí:
cambian los presidentes, cambian los partidos, cambian las alianzas y cambian los discursos.
El parásito del PT sólo cambia de huésped.
Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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