Los datos de inversión en México llevan rato siendo un tema de alerta. Tanto, que la propia presidenta ha mostrado preocupación y durante los primeros meses de 2026 se reunió con sectores productivos, empezando por el automotriz , para tratar de entender las razones. Lamentablemente, el gobierno no pareció entender las causas y prefiere la salida fácil de pensar que el origen de la baja inversión está fuera del país, y no adentro como varios trataron de explicarle.
Efectivamente, los problemas de aranceles y revisión del TMEC con EUA son un factor importante para la parálisis de inversión. La incertidumbre sobre nuestra relación económica más importante hace pensar doble a muchos inversionistas. Sin embargo, el otro gran factor de incertidumbre es la serie de políticas públicas, en muy diversos ámbitos, que desde AMLO han deteriorado el ambiente de inversiones en México, así como nuestro entorno económico. Este factor, en la coyuntura actual, se vuelve aún más importante que el externo. En la medida que en México se perciba un entorno poco favorable para la operación de las empresas ya establecidas, la inversión no puede crecer, pues se junta con la incertidumbre comercial. Pero más que tratar de arreglar las causas de fondo atribuibles a México, pareciéramos mirar hacia otro lado. Nos enfocamos en festinar “datos históricos” de inversión extranjera poco creíbles, con metodología de medición dudosa. Datos que simplemente no se reflejan en plantas nuevas, ni en incremento del empleo, ni en un aumento del índice de actividad económica, ni en un aumento en la capacidad instalada de las principales industrias. Pareciera que se contabiliza cualquier mención, por casual o informal que sea, de una posible inversión. Pero nunca se hace un ajuste para ver si las supuestas inversiones se ejercieron. Más allá, por supuesto, de la discusión eterna sobre cuánto de la inversión extranjera corresponde a nuevas inversiones (absoluta minoría), cuánto es de reinversiones (baja productividad) y cuánto es cuentas entre compañías. En la entrega anterior mencionábamos las limitaciones de origen del Plan México como única estrategia del gobierno para la reactivación económica. Una causa principal es la disociación entre sus objetivos etéreos y las acciones para alcanzarlos. Plan México se puso el objetivo de llevar la inversión a 25% del PIB en 2026, y a 28% en 2030. Con los números actualizados al segundo semestre de 2026, podemos ver que no sólo no lograremos el objetivo de este año, sino que estamos lejos de llegar al de 2030. La inversión no se está dando. Y si se ve el Paquete Económico 2027 presentado por Hacienda, bajaron el nivel de inversión pública total en 12%. Si bien la inversión privada siempre es mucho mayor, la pública es determinante para detonarla.
De acuerdo con el análisis de México ¿cómo vamos?, en 2027 el 45.6% del presupuesto de los programas prioritarios de inversión se destinará a Pemex; 26.9% a trenes; solo el 10.9% a CFE. El significado de esto es muy sencillo. La 4T se endeuda a paso acelerado, pero no para gasto productivo sino para seguir manteniendo programas sociales obesos y mal dirigidos, así como a una estructura quebrada de Pemex y una CFE limitada por su visión anacrónica del sector energético. Esto es importante porque nos regresa a los problemas autoinfligidos por la 4T que han deteriorado las inversiones en México. Energía es de los principales, pues es la base para cualquier actividad industrial. El Obradorato dinamitó la capacidad eléctrica del país por su visión obsoleta del mundo. La Presidenta no ha logrado entender que debe cambiar de fondo el modelo, y toma acciones tímidas e insuficientes. La falta de generación y de infraestructura de transmisión y distribución, es de los factores que más inhibe la actividad económica, junto con deficiente infraestructura logística, mala operación aduanera, crecientes costos laborales, incertidumbre jurídica, y un largo etcétera. Pero el problema de la inversión en México no es nuevo. La inversión pública viene con problemas desde hace varios sexenios, en particular a partir de Calderón. De hecho, con AMLO hubo incremento. Sin embargo, ese incremento se debió a pocas obras faraónicas e improductivas. Una refinería que no refina. Un aeropuerto que no despega. Un tren de pasajeros vacío. Al menos en los sexenios previos, que tampoco eran muy eficientes en inversión, la privada se mantenía. Durante la “terrible década neoliberal” de los 90, los niveles de inversión, tanto pública como privada, tuvieron importantes crecimientos que no se han visto a partir de los 2000. Con excepción de 1995 por la crisis zedillista. Pero incluso de esa crisis se recuperó la inversión a partir de 1996. Salvo años muy específicos, la inversión total en México no rebasa el 22%. En 2021 tuvo un pico, pero por el rebote post pandemia. Desde 2024, la inversión viene claramente a la baja. Y como vemos en el Presupuesto, el gobierno no invierte. Y no invierte porque tiene problemas estructurales como PEMEX, el alto gasto por programas sociales mal diseñados, y el déficit público. La proporción de endeudamiento con respecto de la inversión física ha sido negativa durante la 4T. Si la Presidenta realmente está preocupada por la inversión, lo primero que debe entender es que crecimiento y prosperidad solo se dan con inversión productiva que detone actividad económica. Para ello, tendría que cambiar el ADN 4Tista, corregir los errores de políticas públicas para dar certidumbre a la inversión privada, para así realmente ayudar a los de menores ingresos y dejar de endeudar al país para uso improductivo, e irresponsable, de los recursos públicos. El enemigo de la inversión no está afuera. Está adentro, y podría resolverse de manera muy sencilla, si es que hay voluntad real de generar prosperidad compartida. Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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