En las décadas de los 60 y 70, la música no se guardaba en carpetas digitales; se grababa en cinta analógica. Las bandas se paraban frente a los micrófonos, tocaban y una máquina magnética enrollaba el sonido en un carrete a velocidad fija para respetar la afinación real.
Sin embargo, desde los años 40 ya existía un truco secreto en los estudios. Los ingenieros lo usaban a escondidas para remendar imperfecciones de tiempo o ajustar notas dudosas. La regla física detrás del formato era una ley inquebrantable: al reproducir una cinta, la velocidad y el tono caminan de la mano. No hay forma de alterar una sin romper la otra.
Para manipular esta física a voluntad, las grabadoras profesionales tenían un control manual: una perilla llamada varispeed. Con ella se…
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