Los autos eléctricos parecen una de las grandes apuestas de la industria actual, con Tesla como uno de sus referentes más reconocibles, pero su historia comenzó mucho antes de las baterías de litio, las pantallas gigantes o los cargadores rápidos. A finales del siglo XIX ya existían vehículos capaces de moverse únicamente con electricidad y, pocos años después, comenzaron a circular de forma comercial en algunas de las principales ciudades del mundo. Su potencial era tan grande que llegaron a competir directamente con los autos de gasolina. Entonces, ¿por qué terminaron desapareciendo?

Los autos eléctricos comenzaron mucho antes de Tesla Los eléctricos llegaron a competir con los coches de gasolina

La historia no parte de un solo automóvil, sino de una serie de inventos que terminaron haciendo posible almacenar electricidad y utilizarla para mover un vehículo. Alrededor de 1828, el ingeniero húngaro Ányos Jedlik construyó un pequeño modelo impulsado por un motor eléctrico. Thomas Davenport desarrolló otro dispositivo en Estados Unidos durante la década de 1830 y, entre 1832 y 1839, Robert Anderson trabajó en un carruaje alimentado mediante celdas eléctricas. Aquellos primeros experimentos tenían una limitación importante: las baterías no podían recargarse. Eso cambió en 1859, cuando Gaston Planté desarrolló la batería recargable de plomo-ácido, tecnología que Camille Faure logró mejorar años después para aumentar su capacidad. Con una fuente de energía que ya podía reutilizarse, los proyectos comenzaron a parecerse más a un automóvil. Gustave Trouvé presentó un triciclo eléctrico en París en 1881 y, siete años después, apareció en Alemania el Flocken Elektrowagen, equipado con un motor de 0.7 kW, una batería de 100 kilos y una velocidad máxima cercana a los 15 km/h. La electricidad incluso comenzó a demostrar que podía ofrecer desempeño. En 1899, Camille Jenatzy alcanzó 105.88 km/h y se convirtió en la primera persona en superar la barrera de los 100 km/h con un automóvil. El cambio de siglo llevó la tecnología fuera de los experimentos. Los taxistas de Nueva York estuvieron entre sus primeros usuarios comerciales y algunas estimaciones señalan que alrededor de un tercio de los automóviles que circulaban en Estados Unidos en 1900 utilizaban electricidad. También aparecieron flotas en Londres y Berlín, mientras grandes hoteles comenzaron a emplear estos vehículos para trasladar huéspedes. Modelos como el Porsche Egger-Lohner P1 o el Baker Electric formaron parte de ese primer mercado.

¿Por qué desaparecieron los autos eléctricos?

Para moverse dentro de una ciudad resultaban atractivos. No tenían que arrancarse mediante una manivela, producían menos ruido y evitaban el humo y los olores asociados a los primeros motores de combustión. Su autonomía también bastaba para muchos desplazamientos cotidianos y la expansión del servicio eléctrico facilitaba la recarga en algunas zonas urbanas. El mayor obstáculo era el precio, por lo que terminaron convirtiéndose principalmente en vehículos al alcance de consumidores con mayor poder adquisitivo. La desventaja económica comenzó a hacerse mucho más grande justo cuando los automóviles de gasolina resolvieron varios de sus problemas. Uno de los cambios llegó con el arranque automático. Hasta entonces, encender un motor de combustión implicaba utilizar una manivela, mientras un eléctrico podía ponerse en marcha de una manera mucho más sencilla. Cuando ese inconveniente desapareció, los coches de gasolina se volvieron más cómodos para el usuario. El golpe más importante vino del precio. Henry Ford presentó el Ford T en 1908 y la producción en cadena permitió fabricar automóviles de combustión a una escala que los eléctricos no podían igualar. Para 1912, un vehículo eléctrico costaba alrededor de 1,750 dólares, frente a unos 650 dólares por uno de gasolina. La expansión de las reservas de petróleo también volvió más accesible el combustible, mientras la infraestructura eléctrica todavía tenía grandes limitaciones fuera de determinadas ciudades. Conforme los viajes comenzaron a ser más largos, la autonomía se convirtió en otro punto a favor de los motores de combustión.

El auto eléctrico intentó regresar varias veces

La producción de eléctricos alcanzó su máximo alrededor de 1912, pero después de la Primera Guerra Mundial el mercado terminó inclinándose hacia los vehículos de gasolina. Ya no se trataba solamente de qué tecnología funcionaba mejor dentro de una ciudad: los compradores podían conseguir un automóvil más barato, recorrer mayores distancias y encontrar combustible con mayor facilidad. Quedar fuera del mercado masivo no significó que la idea desapareciera por completo. Las restricciones de combustible durante y después de la Segunda Guerra Mundial volvieron a despertar interés por otras formas de movilidad. Peugeot presentó en Francia el VLV en 1941 y Nissan mostró el Tama en Japón en 1947, un pequeño vehículo eléctrico equipado con baterías extraíbles. El siguiente gran impulso llegó durante las crisis petroleras de 1973 y 1979. El aumento del precio del petróleo volvió a poner sobre la mesa la dependencia de los combustibles y algunos fabricantes retomaron proyectos eléctricos para desplazamientos urbanos. Modelos como el Enfield 8000 o el Citicar aparecieron durante ese periodo, aunque ninguno consiguió convertirse en una alternativa de gran volumen. La tecnología seguía arrastrando un problema que acompañaba al automóvil eléctrico desde sus primeros años: almacenar suficiente energía sin cargar con baterías demasiado pesadas, costosas o limitadas.

Tesla no inventó el auto eléctrico: apareció cuando las baterías cambiaron

Uno de los intentos más importantes antes de la etapa actual llegó en 1996 con el General Motors EV1. Sus primeras baterías de plomo-ácido permitían recorrer hasta 160 kilómetros y posteriormente las de hidruro metálico de níquel elevaron la autonomía hasta aproximadamente 225 kilómetros. El proyecto terminó en 1999. General Motors consideró que el modelo era demasiado costoso y poco rentable, y la mayoría de los 1,117 vehículos producidos terminó destruida. La diferencia comenzó a llegar con las baterías de iones de litio. Tesla utilizó esta tecnología en el Roadster de 2008 y consiguió superar los 300 kilómetros de autonomía, una distancia que colocó nuevamente al automóvil eléctrico frente a los vehículos de combustión como una opción de uso real. Tesla, por tanto, no inventó una nueva forma de mover un automóvil. Entró en una carrera que llevaba más de un siglo abierta y lo hizo cuando la tecnología empezó a resolver precisamente varios de los problemas que habían provocado que los primeros eléctricos perdieran frente a la gasolina.

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