El martes por la tarde, en el edificio F de la Cámara de Diputados, dos legisladores del PRI vaciaron jarras de agua sucia sobre el logotipo de Movimiento Ciudadano. Antes, en la explanada, el priista Carlos Gutiérrez Mancilla había increpado al dirigente nacional de MC, Jorge Álvarez Máynez, entre empujones y gritos de “asesino”. La protesta tenía un motivo legítimo: miles de familias en la zona metropolitana de Guadalajara abren la llave y, en lugar de agua potable, reciben agua turbia, maloliente e imposible de beber.
1. La forma devora al fondo
Al día siguiente, ese motivo había desaparecido de la conversación pública, pese a los esfuerzos del gobernador Pablo Lemus por darle la vuelta a la crisis. Lo que quedó fue la jarra con agua sucia, el logo de MC manchado y una palabra. El episodio merece estudiarse porque condensa, en una sola tarde, errores que los políticos mexicanos repiten con frecuencia, y deja al menos cuatro lecciones para quienes diseñan estrategias de comunicación. Erving Goffman describió la vida pública como una representación con escenario, utilería y público. La analogía sirve para entender lo ocurrido la tarde del martes en San Lázaro: cuando la utilería tiene más fuerza que el guion, las audiencias recuerdan la utilería. Una jarra de agua sucia es una imagen poderosa, y precisamente por eso absorbió la atención que debía recibir la crisis que se pretendía denunciar. Los datos de inteligencia digital de Sánchez Erazo, coautor de este texto, lo muestran con claridad. Del total de mensajes ciudadanos sobre el episodio, el 84% habló exclusivamente del pleito, las jarras y el espectáculo. Solo el 6% se refirió al problema del agua y de la salud de quienes la consumen. El comentario más popular, con más de 8,800 “me gusta”, preguntaba con sarcasmo qué se había ganado con ese episodio y si ya había agua limpia. La lección rebasa este caso. Quien usa una causa ajena como escenografía corre el riesgo de vaciarla de sentido. La causa consiguió atención, pero esa atención se fue a otra parte.
2. En un conflicto, la ventaja es de quien le pone nombre
El agresor controla la imagen; el agredido, la interpretación, siempre que actúe rápido. A los 18 minutos del incidente, Álvarez Máynez publicó un video en el que calificó lo ocurrido como “el espectáculo de los porros del PRI”. La respuesta de Gutiérrez Mancilla llegó media hora después, cuando ese encuadre ya circulaba. George Lakoff insistió en que los marcos definen el terreno donde se libra cualquier discusión. En San Lázaro, ese terreno quedó definido muy pronto. El 37% de los mensajes ciudadanos repitió las palabras de MC: “espectáculo”, “porros”, “montaje”. Apenas el 4% retomó el marco del PRI, resumido en la leyenda “MC mata”. Las publicaciones con el lenguaje emecista sumaron 309,000 vistas en X; las del priista, 66,000. En una crisis, la velocidad para nombrar lo ocurrido pesa tanto como tener la razón. Un partido que llega tarde a explicar su propia acción termina explicándose con las palabras de su adversario, y eso fue lo que le pasó al PRI.
3. La visibilidad tiene un techo 4. El castigo no siempre tiene beneficiario
Lo que queda para todos
Para un partido que ha perdido credibilidad y centralidad, la provocación ofrece ventajas evidentes: atrae a las cámaras, cohesiona a la base y lo devuelve, por unas horas, al centro de la conversación. El problema está en el tipo de atención que consigue, que no necesariamente es positiva. Para Pierre Bourdieu, el capital simbólico depende del reconocimiento de los demás. La visibilidad se obtiene con un escándalo, como el que protagonizó el diputado Gutiérrez Mancilla; el reconocimiento, en cambio, se construye con tiempo y constancia, y se pierde con facilidad. La emoción dominante en la conversación ciudadana fue la burla, con 43% de los mensajes, por encima de la ira, con 37%. La diferencia importa. La ira supone que todavía se toma en serio al adversario; la burla indica que se le dejó de tomar en serio. Las menciones que asocian al PRI con porros o golpeadores pasaron de unas 62 en un día común del último mes a 2,004 el día del episodio. En términos de percepción, la etiqueta de “porros” o “violentos” empieza a adherirse al partido. Detrás hay un patrón. El diputado Gutiérrez Mancilla ha protagonizado al menos cuatro confrontaciones en el Congreso desde mayo: desde el intercambio de insultos que terminó en un reto a golpes durante una sesión extraordinaria hasta los empujones con el morenista Arturo Ávila en agosto. Cada episodio le da visibilidad al diputado y le resta credibilidad a un partido que aspira a presentarse como alternativa de gobierno. Esta es la lección más dura. La lógica de la confrontación supone que el desgaste de uno se traduce en ganancia para otro. Sin embargo, los datos de este episodio la desmienten. El 88.5% de los mensajes ciudadanos analizados por Sánchez Erazo expresó una postura contraria al PRI. Frente a Movimiento Ciudadano, el 75% fue neutral y solo el 0.7% lo defendió. Un segundo monitoreo de inteligencia digital completa el cuadro. El 40% de la conversación calificó al legislador priista de violento, provocador y ridículo. El 28% se dirigió contra toda la clase política, sus privilegios y su falta de resultados, y el 23% acusó al PRI de oportunismo mientras reprochaba a Álvarez Máynez y a su partido su hipocresía frente a la crisis. Que dos herramientas independientes coincidan en lo esencial le da solidez al hallazgo. El mismo reporte de inteligencia digital estima que solo el 0.17% de la conversación provino de cuentas automatizadas, de modo que la reacción fue orgánica. Lo que la ciudadanía expresó, de manera espontánea, fue cansancio con una forma de hacer política que convierte cada problema en un pleito. El agua de Jalisco sigue saliendo turbia. Es lo único que el episodio entre el PRI y MC no alteró. Las causas legítimas necesitan atención para avanzar, y en una política que compite por cada segundo de pantalla, la tentación de conseguirla a cualquier precio será permanente. El zafarrancho del martes deja una advertencia para quienes diseñan estrategias de comunicación: el costo de una provocación lo paga quien la ejecuta, lo paga el partido que la tolera y, sobre todo, lo paga la causa que pretendía defender. ____ *José Manuel Urquijo es maestro en Comunicación Política y Gobernanza Estratégica por la George Washington University. Fundó la agencia Sentido Común Latinoamérica y es consultor y estratega político con experiencia en campañas políticas en México y Latinoamérica. *Jorge Sánchez-Erazo es consultor en comunicación política especializado en inteligencia digital y análisis de datos. Ha asesorado campañas presidenciales, legislativas y locales en seis países de América Latina. Estudia la polarización digital y el impacto de las redes sociales en el voto, y sus trabajos se han publicado en revistas científicas que están entre las más prestigiosas del mundo en su área. *Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
]]>
Comentarios recientes