Daniel llegó en su bici desde la estación del metro Guelatao, para vivir por primera vez el Paseo Nocturno de Día de Muertos. El joven de 26 años estaba sorprendido por la cantidad de personas que acudieron este 24 de octubre a rodar en Paseo de la Reforma y pese a que se sintió un poco decepcionado de no poder llegar al Ángel, debido a que la ruta prevista se tuvo que cortar por la alta afluencia de peatones.
“Se me hace irresponsable que tengamos que irnos por otro lado, si se supone que el paseo es para bicis», reprochó, aunque a los pocos segundos lo reconsideró y dijo que está dispuesto a darle otra oportunidad. «Está bonito, sí regresaría, pero les hace falta más organización”, aseguró. El evento, uno de los más esperados del año, rebasó las expectativas de asistencia y los ciclistas se quedaron con ganas de rodar libremente hacia el Bosque de Chapultepec, porque la gente de a pie se congregó en la Glorieta del Ángel de la Independencia y ya no permitió que el recorrido continuara hacia la Fuente de Petróleos. “Siga bajo su propio riesgo”, era la instrucción que sonaba en los altavoces y que desincentivaba a los ciclistas que esperaban rodar en la Primera Sección del Bosque de Chapultepec. La Secretaría de Movilidad se vio obligada a cerrar ese tramo para evitar riesgos ante la saturación de personas caminando sobre los carriles centrales. A las 18:00 horas, cuando inició formalmente la rodada, todavía había poca gente en puntos como el Ángel de la Independencia, la Glorieta del Ahuehuete y El Caballito. Pero con el paso de las horas la afluencia aumentó con la llegada de familias, grupos de amigos y visitantes de toda el área metropolitana. A pesar del recorte de ruta, no se reportaron incidentes mayores. La circulación de bicicletas, patines y peatones se mantuvo de manera compartida y el ambiente general fue de celebración, con música, ofrendas y bicicletas luminosas. Las autoridades capitalinas habían previsto un operativo de seguridad y cierre vial desde las 18:00 horas, pero la cantidad de asistentes terminó por rebasar la logística. En el primer tramo del paseo, del zócalo capitalino al Caballito, el flujo fue más continuo para las bicicletas.
Los disfraces que se robaron la noche en el Paseo Nocturno
Más allá de la saturación y de los peatones invadiendo el carril ciclista, el Paseo Nocturno de Día de Muertos también fue una pasarela de ingenio. Entre miles de participantes, hubo historias que se robaron las miradas y las fotos a lo largo de Paseo de la Reforma. Una de las imágenes más entrañables fue la de Lucy, una niña de tres años con síndrome de Down que recorrió Reforma en una especie de carro alegórico improvisado. Era un carrito móvil de bebés, decorada en la parte superior tubos de plástico y luces LED, que su hermano gemelo Fer arrastraba con singular alegría. Él iba disfrazado de alien, bailando a cada paso y jalando el carrito donde Lucy, mientras ella viajaba riendo, disfrutando del recorrido. No iban solos. Los acompañaban su tía Claudia, su mamá y su abuelo, algunos en monopatín y otros caminando. Llevaban una bocina portátil que sonaba a todo volumen «me convierto en marciano, oh, oh, oh», y a su alrededor la gente se abría paso para aplaudirles, grabarlos y reír con ellos.
Otra de las atracciones fue Julio, un joven de 35 años que se convirtió en piñata humana. Su disfraz, hecho totalmente a mano durante dos meses, fue construido con papel crepé de colores sobre un mameluco que compró específicamente para intervenir. A cada metro que avanzaba, decenas de personas se le acercaban para pedirle una foto y que posara como piñata. Como ellos, había otros más. Familias enteras disfrazadas de payasos tenebrosos rodando en caravana, grupos de astronautas con cascos brillantes, personas con velas en la cabeza, amigos coordinados como fantasmas con lentes oscuros y sombreros, todos pedaleando al mismo ritmo. Fue esa creatividad la que terminó por imponerse a la desorganización. El paseo no solo fue rodar, sino sorprender y dejarse sorprender por quien venía al lado.
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