Las decisiones en el béisbol de hoy se definen hace rato en oficinas por matemáticos de Harvard, científicos con paso por la NASA y ejércitos de jóvenes sabermétricos que ni siquiera llegaron a un showcase, pero con la habilidad especial pulida en las aulas para analizar millones de estadísticas extraídas del big Data. 

Los algoritmos mandan más que las canas y medir la capacidad “estratégica” de un mánager es cada vez más complicado. Hasta para sacar a un lanzador que está “dibujando” como Picasso o pedir un toque sin out al cierre del noveno y el juego empatado hay que apelar a lo que manda el iPad.

Sin embargo, al gran público se le sigue tratando de anestesiar los tropezones en el terreno en proyectos que no responden con movimientos primitivos, propios del siglo XIX cuando nació el juego. “Botar al dirigente porque no se puede sustituir a 26 jugadores”.

Una máxima que prima (sin data que muestre su eficiencia) en circuitos más exóticos, como el Caribe y Pacífico invernal y el verano mexicano. En la era del Moneyball, el dirigente sigue como el primer breaker a disparar antes de que llegue el incendio.

La fase regular 2026 de las Grandes Ligas apenas supera su primero de seis meses y ya dos dirigentes, probados y conocedores del lenguaje de hoy, perdieron su puesto.

Los primeros cortes

En Boston se agotó la paciencia el sábado con Alex Cora (capataz de la última Serie Mundial en la franquicia, 2018) y en Filadelfia el lunes con Rob Thomson (el dirigente con el mejor porcentaje de victorias en la historia del club, .568).

Carlos Mendoza (Mets) tiene la barba en remojo y es probable que esta semana se juegue la plaza. Juan Soto trató de darle oxígeno, quitándole responsabilidad, pero el venezolano debe dormir con los ojos abiertos y pendiente a los twetts de insiders como Jeff Passan, Jon Heyman y Ken Rosenthal.

El común denominador entre los dos despidos es que se trata de mercados exigentes, históricos, donde cuesta asimilar no ser competitivo. A ello se le suma el peso de las nóminas.

Filadelfia tiene la segunda mayor de este año (264 millones de dólares) y Boston la 12 (193.6). Los Mets encabezan con 333 millones de dólares y las tribunas del Citi Field pide señas de que “algo” se hace para cambiar el rumbo.

En una crisis de resultados, un dirigente puede perder el control del camerino con jugadores que ganan tanto dinero como para sentirse por encima del resto, incluyendo el estratega.

Gestionar esos egos es la primera condición que se pide a un dirigente. Cora y Thomson gozaban de fama de controlar el clubhouse. El fallo puede venir de las oficinas, donde se arma el plantel. Ese será el segundo breaker.