Hay momentos en que la política internacional se escribe en tratados. Otros, en cartas. Y unos cuantos, los más curiosos, terminan escribiéndose alrededor de una cancha de futbol. La visita del rey Felipe VI a Palacio Nacional para reunirse con la presidenta Claudia Sheinbaum no es solamente una fotografía protocolaria. Es el final de uno de los episodios diplomáticos más incómodos entre México y España en las últimas décadas y, al mismo tiempo, el inicio de una estrategia distinta para reconstruir una relación que nunca dejó de ser demasiado importante como para permanecer congelada.
Para entender la dimensión del momento hay que regresar a 2019. Aquel año, el presidente Andrés Manuel López Obrador envió una carta al rey Felipe VI solicitando que España ofreciera una disculpa por los abusos cometidos durante la Conquista. La respuesta nunca llegó en los términos que esperaba el gobierno mexicano. Madrid rechazó la petición y el episodio abrió una herida política que fue creciendo con los años. Después vinieron las críticas constantes de López Obrador hacia empresas españolas, la famosa declaración de que la relación bilateral entraría en una “pausa”, los desencuentros diplomáticos y, finalmente, la decisión de no invitar al rey a la toma de posesión presidencial de Claudia Sheinbaum en 2024, lo que provocó que el gobierno español tampoco enviara representación oficial. La relación quedó atrapada entre la historia y el orgullo político. Sin embargo, los países rara vez pueden darse el lujo de vivir peleados durante mucho tiempo. España continúa siendo uno de los principales inversionistas extranjeros en México. Miles de empresas operan en ambos lados del Atlántico. Millones de mexicanos tienen raíces españolas y millones de españoles encuentran en México una segunda casa. Compartimos idioma, cultura, literatura, gastronomía y una historia que, aunque dolorosa en algunos capítulos, resulta imposible borrar. Las relaciones internacionales suelen obedecer menos a los sentimientos que a los intereses. Y pocas veces esos intereses encuentran un escenario tan poderoso como una Copa del Mundo. No es casualidad que Felipe VI haya viajado a México precisamente durante el Mundial para acompañar a la selección española en su partido frente a Uruguay. El monarca es un reconocido aficionado al futbol y suele estar presente en las grandes citas de La Roja . Pero esta vez el balón significó mucho más que un espectáculo deportivo: terminó convirtiéndose en una oportunidad diplomática. Claudia Sheinbaum parece haber entendido algo que durante años la diplomacia moderna ha confirmado: los grandes eventos deportivos también son escenarios políticos. Durante un Mundial desaparecen muchas fronteras.
Presidentes, empresarios, inversionistas, jefes de Estado y líderes políticos coinciden en un mismo país bajo un ambiente mucho menos rígido que el de una cumbre internacional. Las conversaciones ocurren en los palcos, los saludos parecen espontáneos, pero rara vez son improvisados. El futbol consigue algo que ningún comunicado oficial puede ofrecer: cercanía. Y precisamente eso necesitaba México. No sólo para cerrar un capítulo incómodo con España, sino para proyectar una imagen distinta ante el mundo: la de un país capaz de convocar, dialogar y construir puentes utilizando el mayor escaparate internacional del planeta después de los Juegos Olímpicos. Ese mensaje adquiere todavía más relevancia mientras la relación con Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más delicados desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Trump ha endurecido nuevamente su discurso sobre migración, comercio y seguridad fronteriza. Al mismo tiempo, su relación con varios gobiernos europeos, incluido el español, ha estado marcada por diferencias en temas comerciales, de defensa y de cooperación internacional. En ese contexto, el acercamiento entre México y España también tiene una lectura geopolítica. No significa que México cambie de aliados ni que pretenda desafiar a Washington. Significa algo más sencillo y, al mismo tiempo, más importante: un país de la dimensión de México necesita ampliar sus espacios de diálogo y fortalecer todas las relaciones que contribuyan a su estabilidad política y económica. La política exterior, al final, también consiste en diversificar puertas de entrada. Y el Mundial le ofreció a Sheinbaum una que difícilmente volverá a repetirse. En política internacional, los símbolos suelen viajar mucho más lejos que los discursos. Y pocas imágenes simbolizan tanto como un rey entrando a Palacio Nacional después de siete años de desencuentros.
Quizá el mayor mérito de Sheinbaum no sea haber cambiado la historia. Sea haber entendido que la historia no puede administrarse únicamente desde el resentimiento. La memoria puede conservarse sin renunciar al diálogo. El respeto a los pueblos originarios puede seguir siendo una causa legítima sin convertir cada conversación diplomática en un ajuste permanente de cuentas. Porque al final, ni las cartas resolvieron el conflicto. Ni los discursos. Fue un balón el que volvió a abrir la puerta. Los goles duran apenas unos segundos. Los símbolos, en cambio, pueden durar décadas. Y a veces, mientras millones de personas creen estar viendo únicamente un partido de futbol, la diplomacia está jugando el suyo. _____ Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.
]]>
Comentarios recientes