No es coincidencia que, mientras por un lado el presidente estadounidense Donald Trump y su gabinete mantienen una retórica de tajante oposición frente a los cárteles de la droga mexicanos y hacen cada vez más severas las amenazas de intervención militar, no detienen el tráfico ilegal de armas a territorio nacional, especialmente cuando está en todo su poder hacerlo.

Ricardo Trevilla, el secretario de la Defensa, dio a conocer el pasado 10 de febrero que desde que Claudia Shienbaum asumió la Presidencia de la República en octubre de 2024, de las 18,000 armas de fuego que se han incautado, alrededor del 78% provienen del país del norte; y más grave aún, el mandatario también afirmó que desde 2012, alrededor de la mitad de los cartuchos calibre .50 confiscados provienen de Lake City Army Ammunition Plant, la cual “ es propiedad del gobierno estadounidense ”. Esto confirma lo que ya se sospechaba desde hace tiempo: que el gobierno estadounidense participa directamente en el tráfico de armas. Esta incongruencia entre discurso y política no es accidental, sino que parece formar parte de una calculada medida geopolítica que tiene por nombre el “Caos controlado”, y es en esencia muy similar a lo ocurrido en las guerras del Medio Oriente a principios de siglo. Este concepto sostiene que la inestabilidad en regiones clave puede ser funcional a los intereses de una potencia hegemónica. Esto no significa necesariamente que se “cree” el caos desde cero, sino más bien se aprovechan conflictos internos y/o se intensifican fracturas internas. Esto tiene el propósito de evitar la consolidación de potencias regionales autónomas y/o mantener dependencia económica, política y militar. En términos prácticos, justifica la intervención militar –presentándose como una amenaza a la seguridad–, evita la formación de alianzas rivales y mantiene a los Estados en situaciones de vulnerabilidad estructural. Sin embargo, es importante aclarar que no significa el desorden total, sino una inestabilidad gestionable que impide la autonomía estratégica. El mayor ejemplo reciente de esto ocurrió en las guerras post atentados de 2001, en las que Estados Unidos intervino en países como Iraq, Afganistán, Libia y Siria; justificándose a través de la narrativa de la “lucha contra el terrorismo” y la “promoción de la democracia”. Los vacíos de poder dieron espacio a conflictos armados y guerras civiles; y así, ninguna potencia regional emergió con suficiente fuerza como para desafiar los intereses occidentales.

Lo que hace increíblemente efectiva esta estrategia es que se puede invocar para justificar intereses propios en momentos de necesidad, o ignorarlo completamente. Y en un mundo cambiante y de fricciones cada vez más violentas; y en el que la hegemonía estadounidense está en evidente deterioro, dando paso a un nuevo orden internacional multipolar en el que también participan Rusia, China y la India como potencias mundiales, Estados Unidos debe fortalecer su zona de influencia principal, es decir América Latina; incluso mediante la violencia si así lo consideran necesario. Es ya un hecho conocido que Estados Unidos revivió la doctrina Monroe, acuñada “Donroe” por el propio mandatario estadounidense. En el siglo XIX, esto significó la protección del continente americano de los demás imperios europeos, consolidándose así como la hegemonía de facto del “Nuevo Mundo” y evitando el caos que significa un orden multipolar, como evidenciado por la incontable cantidad de guerras a lo largo de la historia del “Viejo continente”. Por otro lado, en el marco de la Guerra Fría, esto implicó la protección del “subcontinente” frente a la amenaza soviética; y en el contexto actual, la protección ante las nuevas potencias, especialmente China, pues representa la mayor amenaza para la hegemonía estadounidense continental. Recordemos que China es el primer socio comercial de numerosos países latinoamericanos, entre los cuales se destacan Brasil, Venezuela y Argentina; y ha consolidado su presencia con proyectos de infraestructura e inversiones estratégicas, como el auge de marcas de automóviles chinas en los mercados y el puerto de Chancay en Lima, Perú. Esto tiene consecuencias diplomáticas importantes. Y en el contexto del nuevo orden mundial, esto despierta muchas alarmas en Washington, pues pone en jaque su dominio continental. Asimismo, en el caso de México, el gigante asiático tiene grandes inversiones en puertos clave como lo son el de Ensenada (Baja California), Manzanillo (Colima), Lázaro Cárdenas (Michoacán) y Veracruz. Estos son cruciales para la formalización de la “Nueva Ruta de la Seda”, el cual representa el más ambicioso plan de imperialismo del siglo XXI. Esta es la realidad a la que se enfrenta Estados Unidos, que no ve con buenos ojos esta “intromisión”.

Pero regresemos al punto en cuestión: ¿cómo se benefician de la crisis de seguridad en México? Desde 2006, con la denominada “Guerra contra el narco”, el país entró en una dinámica de militarización y violencia sostenida . El discurso estadounidense actual gira en torno hacia el combate contra el fentanilo y la designación de los cárteles de la droga como organizaciones terroristas. Sin embargo, partiendo desde una lectura geopolítica, esta dinámica cumple funciones estratégicas, como lo es la justificación de la presión política, condicionando en términos de seguridad, y migración, pues se externaliza la frontera hacia Centroamérica; contención de autonomía económica, haciendo que México no pueda proyectarse como un poder regional si está sumido en una crisis interna. Asimismo, esta presión también funciona para limitar el acercamiento de México con China, evidenciado por la implementación de aranceles de hasta 50% a determinados productos chinos, entre los cuales se destaca el sector automotriz. Y más recientemente, el “titubeo” de Pemex frente al fracking, práctica que se habían negado rotundamente llevar a cabo. Dejando de lado el frívolo discurso de “soberanía nacional”, el actual gobierno se enfrenta a la colosal tarea de complacer a Washington. La espada de Damocles pende sobre México, y la incomplacencia resultaría fatal. _____ Nota del editor: Pedro Javier es candidato a licenciado en Comunicación, con especialidad en Periodismo, por parte del Tecnológico de Monterrey, campus Santa Fe. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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