Desde el inicio de su presidencia, Donald Trump señaló que Estados Unidos iba a tomarse mucho más en serio a Latinoamérica. El nombramiento de Marco Rubio como el primer Secretario de Estado hispano, y su visita inaugural a la región, subrayaron ese objetivo. Desde entonces, el involucramiento de Estados Unidos en los asuntos latinoamericanos solo se ha intensificado. La administración alentó a Panamá a recalibrar su relación con China, otorgó un apoyo financiero significativo a Argentina, profundizó lazos con El Salvador y mantuvo un diálogo activo con Brasil, entre otras iniciativas.
Venezuela haciendo historia Lo que pasa en Venezuela no se queda en Venezuela
Este énfasis estratégico se formalizó en la Estrategia Nacional de Seguridad de 2025, que delineó planes para reforzar la influencia estadounidense en el hemisferio occidental, proteger las cadenas de suministro, al igual que promover la estabilidad regional y así contener presiones migratorias. Los acontecimientos en Venezuela resaltaron aún más el compromiso de Washington de reimpulsar el espíritu de la “Doctrina Monroe”. Luego del traslado de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, a Estados Unidos para enfrentar cargos criminales el 3 de enero, el entorno interno en Venezuela se ha convertido enormemente dinámico. La presidenta interina Delcy Rodríguez mantiene contacto regular con funcionarios estadounidenses, y los medios reportan que hay negociaciones en marcha sobre el futuro político del país. Venezuela ha anunciado pasos para restablecer relaciones diplomáticas con Estados Unidos y reanudar las exportaciones de petróleo a socios estadounidenses. La administración interina también se ha comprometido a pasar una ley de amnistía para liberar a muchas personas privadas de libertad, de esta manera promoviendo el diálogo y la estabilidad política en el futuro cercano. Dicho esto, los precedentes históricos sugieren que las transiciones políticas pueden ser graduales. Por ejemplo, tras la muerte de Franco en 1975, las primeras elecciones democráticas en España se celebraron 19 meses después. En Chile, el plebiscito que puso fin al régimen de Pinochet se realizó en octubre de 1988, con elecciones en diciembre de 1989 y la toma de posesión del presidente Patricio Aylwin en marzo de 1990. En Argentina, el poder de la junta militar se debilitó tras la derrota en la guerra de las Malvinas en 1982, pero la democracia no se restauró sino hasta finales de 1983. Estos ejemplos deben servir como un recordatorio; luego de casi tres décadas de chavismo en Venezuela, no es racional esperar una transformación total del país en solo un par de semanas. También es posible que Delcy Rodríguez ofrezca concesiones puntuales y atienda intereses inmediatos, sin embarcarse en un cambio de régimen político integral o duradero. Sin embargo, en tal situación vemos a la Casa Blanca apretando las tuercas y haciendo lo requerido para consolidar un cambio. De una forma u otra, Venezuela pareciera encaminada a algo diferente. Los acontecimientos recientes en Venezuela tienen repercusiones globales, confirmando la transición del mundo a una nueva realidad geopolítica fragmentada y cementando la disposición de la administración Trump en tomar acciones decisivas para influir en América Latina. Para los mercados financieros latinoamericanos, el impacto más inmediato surge de posibles tensiones políticas con países que no se alinean con la política estadounidense. Como en episodios recientes en Brasil y Colombia, los gobiernos que se desvíen de la agenda de Washington —o que sean reacios a cooperar en materia de seguridad, comercio o diplomacia— pueden enfrentar medidas punitivas. Estas podrían incluir aranceles, reducción de apoyo financiero o un aumento en la prima de riesgo percibida por los inversores internacionales, todo lo cual puede contribuir a la volatilidad en precios de activos y a la salida de capitales.
Ganadores y perdedores
Los países actualmente alineados con los objetivos estadounidenses y que mantienen asociaciones de larga data —como Panamá, República Dominicana y Argentina— probablemente seguirán bien posicionados para beneficiarse del continuo involucramiento de Estados Unidos y pueden experimentar una mayor estabilidad en el corto plazo. Por el contrario, las naciones con relaciones más complejas o conflictivas con Estados Unidos, como Colombia y Brasil, enfrentan un entorno geopolítico menos predecible, especialmente a medida que se acercan los ciclos electorales y aumenta la incertidumbre política. Las posiciones más únicas relativo a Estados Unidos las tienen México y Canadá, cuya extensa y prolongada relación hace muy improbable un cortocircuito duradero. Si bien CDMX, Washington y Ottawa tienen su ocasional fricción; para nosotros es aparente que las tres naciones norteamericanas seguirán unidas como la historia y la geografía lo demuestran. ____ Nota del editor: Alejo Czerwonko es CIO para Mercados Emergentes de las Américas de UBS Global Wealth Management. Alberto Rojas es estratega senior de Mercados Emergentes de UBS Global Wealth Management. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a los autores.
]]>
Comentarios recientes