Investigadores y expertos en materia ambiental coincidieron en que las contingencias atmosféricas recurrentes —como las registradas recientemente por ozono durante varios días consecutivos en la Zona Metropolitana del Valle de México— no son episodios aislados, sino la manifestación de fallas estructurales de gobernanza en México. Durante el 5° Foro de Sostenibilidad realizado en el Tec de Monterrey, campus Estado de México, en el panel “Aire que transforma: calidad del aire, ecosistemas y ciudades respirables”, los especialistas advirtieron que el país enfrenta un modelo reactivo de gestión ambiental.
«Se activa la contingencia, se emiten recomendaciones temporales y, una vez que los niveles bajan, el problema se diluye sin transformaciones de fondo», apuntó Miguel Félix Mata, investigador del IPN. Para los participantes, este ciclo evidencia ausencia de planeación de largo plazo, débil coordinación metropolitana y falta de mecanismos obligatorios de rendición de cuentas. Ricardo Arredondo, consultor en movilidad sostenible, sostuvo que e l transporte motorizado es uno de los principales generadores de emisiones en zonas urbanas y que la política pública ha privilegiado históricamente el uso del automóvil sobre el transporte colectivo.
Señaló que sin una inversión sostenida en transporte público masivo, infraestructura peatonal y movilidad activa, la reducción estructural de emisiones es inviable. A su juicio, la ciudadanía también debe exigir decisiones congruentes con los compromisos climáticos y de calidad del aire. En tanto que Alberto Mendoza, investigador del Tec de Monterrey, subrayó que la contaminación atmosférica es, ante todo, un problema de salud pública que no ha sido tratado como tal. Explicó que la dinámica del ozono y otros contaminantes es compleja y no lineal, por lo que las medidas deben basarse en modelación atmosférica local y evidencia científica sólida. Advirtió que sin una integración efectiva entre monitoreo ambiental y vigilancia epidemiológica, la magnitud del daño sanitario queda subdimensionada en la toma de decisiones. Félix Mata insistió además en que aunque hoy existen herramientas tecnológicas suficientes para anticipar escenarios críticos y diseñar políticas preventivas, estas no se traducen necesariamente en acción pública obligatoria. “Sin datos confiables y sin un sistema auditable de metas, presupuesto y responsables, no hay forma de sostener mejoras en el tiempo”, señaló. También advirtió sobre la fragmentación de competencias entre niveles de gobierno, que dificulta respuestas coordinadas en zonas metropolitanas.
Los panelistas coincidieron en que las contingencias ambientales no pueden abordarse únicamente con restricciones temporales a la circulación vehicular, como sucede actualmente, pues coincidieron en que se requiere una política de Estado con horizonte de largo plazo, indicadores verificables, financiamiento asignado y coordinación metropolitana efectiva. Señalaron que enfrentar las contingencias en la capital y en otras ciudades del país depende menos de medidas emergentes y más de dos factores centrales: información científica confiable que sustente decisiones técnicas. Señalaron también la importancia de la voluntad política para implementar transformaciones estructurales en movilidad, planeación urbana, energía e industria. Sin estos elementos, advirtieron, las contingencias seguirán repitiéndose como una constante del calendario ambiental mexicano. En la Ciudad de México y su zona metropolitana, las contingencias ambientales atmosféricas se registran cada año durante la denominada temporada de ozono, que va principalmente de febrero a junio, aunque también pueden ocurrir eventos por partículas finas (PM 2.5 y PM 10) en meses fríos o secos. En años recientes, la Comisión Ambiental de la Megalópolis (CAMe) ha activado contingencias por altos niveles de ozono; por ejemplo, en 2025 se declararon al menos cinco contingencias por ozono antes de finales de abril, cifra por encima del promedio histórico para ese periodo del año. Estos episodios afectan principalmente a grupos vulnerables, como niños, personas mayores y quienes padecen enfermedades respiratorias o cardiovasculares, debido a que el ozono y las partículas finas irritan las vías respiratorias y agravan condiciones de salud preexistentes. Para el investigador Félix Mata, el impacto de las contingencias ambientales no es homogéneo y es que al integrar datos ambientales con información socioeconómica se observa un patrón de desigualdad ambiental: las poblaciones con menores ingresos —que en general generan menos emisiones al tener menor acceso al automóvil y menor consumo energético— son las que enfrentan mayor exposición a contaminantes. Estas comunidades suelen habitar zonas con menor infraestructura verde, mayor cercanía a fuentes emisoras o menor capacidad de mitigación, lo que convierte a las contingencias no solo en un problema ambiental y sanitario, sino también en un fenómeno de inequidad estructural.
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