La sorpresiva e innecesaria iniciativa presidencial sobre doble nacionalidad confirmó el bajísimo nivel político, tanto del oficialismo y sus acólitos como de la oposición y los críticos de la 4T; y evidenció el cada vez más rudimentario modelo comunicacional de ambos grupos. El tema de doble nacionalidad demostró una vez más algunos de los rasgos más preocupantes de la política mexicana, y la total descomposición del debate público.
Del oficialismo, mostró una vez más que cualquier tema es bueno como distractor en sus momentos de crisis, como la actual de seguridad; y reafirmó el desinterés, de la Presidenta, su Consejera Jurídica y la 4T en su conjunto del marco constitucional y legal del país, y su profundo anacronismo selectivo. De la oposición y detractores de la 4T, exhibió nuevamente su incapacidad de escoger batallas y su necesidad de montarse en cualquier provocación, por nimia que sea, para tener visibilidad; exhibiendo también el mismo nivel de desconocimiento que la 4T de nuestro entramado legal. El tema de la nacionalidad, a pesar de ser fundamental para el país, es uno que se ha ignorado durante muchos años. Se han dado por sentado cosas, no todas ciertas, y se ha evadido la urgencia de corregir su marco, en buena medida distorsionado por la reforma de 1997. Lamentablemente, ni el gobierno ni quienes se rasgaron las vestiduras por su iniciativa parecen entender (asumimos que lo han leído) lo que dice el Capítulo “De los mexicanos” de la Constitución, así como la Ley de Nacionalidad. Y desconocen los atavismos e incongruencias que en ellos hay. México, sobre todo a partir de la Revolución, ha sido un país profundamente nacionalista (muchas veces más bien patrioterista). Esto se vio reflejado en la Constitución de 1917, con una serie de restricciones importantes de nacionalidad. En ese momento era entendible. Pero el mundo, y México, fueron cambiando profundamente desde entonces. México fue tradicionalmente un país que abrió sus puertas a comunidades importantes de extranjeros; y muchos mexicanos decidieron emigrar también en busca de oportunidades.
Históricamente, han llegado colonias de libaneses y judíos por ejemplo. Por supuesto de españoles durante el franquismo, de perseguidos por el golpe de Estado en Chile, de sobrevivientes del Holocausto, y muchos otros ejemplos. México no se entiende sin las aportaciones de todas esas comunidades que llegaron a nuestro país. En lo económico, en lo social, en lo cultural y hasta en lo político; no olvidemos el origen de los padres de la Presidenta de la República. Ni sin las aportaciones de los mexicanos que han emigrado. Todo esto sentó las bases para que, en 1997, se realizara la famosa reforma constitucional para permitir la doble nacionalidad en México, que si bien buscaba beneficiar a los mexicanos en el extranjero, también permitió hacer justicia a quienes optaron por nuestro país como su hogar. Pero, si bien esta reforma fue un avance importante, también dejó problemas estructurales que durante estos 30 años nadie quiso arreglar; ni PAN, ni PRI y ahora mucho menos Morena.
El principal problema de la reforma de doble nacionalidad es que, en los hechos, creó diferentes categorías de mexicanos. Aunque en el papel solo serían dos: por nacimiento y por naturalización; en realidad son tres, considerando a los mexicanos por nacimiento con doble nacionalidad. Esto es porque cada una de las tres categorías tienen distintos niveles de derechos, empezando por los de nacimiento con los mayores derechos; luego los de nacimiento con doble nacionalidad; y finalmente los naturalizados. Uno de los diferenciales más importantes es justamente el de cargo de elección popular (como la Presidencia y las Gubernaturas), que son para mexicanos por nacimiento, que no tengan doble nacionalidad. En la Ley de Nacionalidad, se define el certificado de nacionalidad como el documento que demuestra la calidad de mexicano por nacimiento. Y establece que, para obtener dicho certificado, es obligatorio renunciar a cualquier otra nacionalidad. Asimismo, esta calidad de mexicano por nacimiento sin doble nacionalidad aplicar para los cargos de Secretarios de Estado (gabinete presidencial), a cargos del Poder Judicial, a cargos de órganos autónomos, a Rector de la UNAM, entre otros. Resulta irónico que, a pesar de este requisito expreso y den ultranacionalismo de la Presidenta, haya sido justo la 4T la que reformó el marco legal para poder que AMLO pudiera nombrar a Taibo en la titularidad del Fondo de Cultura Económica, ratificado el cargo y el entuerto por Sheinbaum. Si el interés de la Presidenta y de la 4T fueran genuinos, empezarían por revertir este caso del FCE que tanta polémica causó en 2018. Pero la congruencia no es la principal característica de la 4T, y menos en los temas polémicos, en donde su visión y posturas patrioteras son por conveniencia más que por convicción. Es infinita la capacidad de la 4T de perder el tiempo en temas que no son tema, habiendo tantos problemas urgentes y delicados en la agenda nacional. Y la capacidad de oposición y críticos de rasgarse las vestiduras por temas que ellos mismos pudieron resolver cuando tuvieron el poder. Si el tema de nacionalidad se quisiera abordar de fondo, habría que empezar por arreglar las incongruencias del marco que impiden garantizar de manera efectiva los derechos de todos los mexicanos, y asegurar un país sin discriminación, en este caso por origen étnico o nacional Este distractor debería llevarnos a entender que vivimos en un mundo global, donde no cabe un patrioterismo trasnochado. Más cuando estamos en constante competencia con el mundo por atraer inversiones, desarrollo, crecimiento y prosperidad para México. _____ Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.
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