Cada vez que una niña o un niño trabaja, la reacción inmediata suele ser encontrar al responsable más cercano: el empleador que lo contrató, la autoridad que no supervisó o el sistema que no aplicó una sanción. Esa reacción es comprensible y necesaria. Sin embargo, con frecuencia dejamos fuera la pregunta más difícil de responder: ¿por qué una familia llegó al punto de depender del ingreso de sus hijas e hijos para salir adelante? Durante años, el debate sobre trabajo infantil se ha concentrado en la prohibición, la vigilancia y las sanciones. Son elementos indispensables, pero existe un riesgo cuando la conversación termina ahí: creer que hemos resuelto el problema porque retiramos a una niña o niño de un espacio de trabajo, cuando en realidad las condiciones que lo llevaron hasta ahí permanecen intactas.

El trabajo infantil es una de las expresiones más visibles de una desigualdad que se ha normalizado durante generaciones. No se trata únicamente de niñas y niños que dejan las aulas o realizan actividades que ponen en riesgo su integridad y desarrollo. Detrás de cada caso hay una historia familiar marcada por ingresos insuficientes, falta de oportunidades y una realidad donde el presente pesa más que cualquier promesa de futuro. En mi experiencia, acompañando comunidades en situación de vulnerabilidad, he visto que pocas madres o padres desean que sus hijos trabajen antes de tiempo. La mayoría enfrenta una contradicción dolorosa: proteger la infancia de los hijos o garantizar la supervivencia inmediata del hogar. Mientras esa elección siga existiendo, cualquier estrategia para erradicar el trabajo infantil estará atendiendo los efectos sin transformar las causas. Esto también debería llevarnos a replantear la forma en que medimos el desarrollo de un país. Con frecuencia celebramos el crecimiento económico, las inversiones o la competitividad de ciertos sectores, pero esas cifras pierden sentido cuando millones de familias siguen sin contar con las condiciones mínimas para que sus hijos puedan estudiar, jugar y desarrollarse plenamente. Por ello, el trabajo infantil no debería entenderse únicamente como un asunto de derechos humanos o de cumplimiento de normas laborales. También es un indicador económico y social que nos muestra las brechas que todavía no hemos sido capaces de cerrar. Un país que necesita del trabajo de su niñez para sostener parte de su economía familiar tiene una deuda pendiente con su propio futuro. Por supuesto, las empresas tienen un papel relevante en esta discusión. En una economía cada vez más conectada, donde los mercados demandan transparencia y responsabilidad social, las cadenas de suministro deben preguntarse no sólo cuánto cuesta producir un bien o servicio, sino cuál es el costo humano que puede existir detrás de ese proceso. La sostenibilidad empresarial del futuro estará definida también por la capacidad de identificar y prevenir estas realidades. Pero sería un error pensar que toda la solución recae en el sector privado. El trabajo infantil es el resultado de múltiples fallas acumuladas: desigualdad, exclusión, falta de oportunidades y condiciones sociales que limitan la capacidad de miles de familias para construir un futuro distinto. La pregunta de fondo, entonces, no es solamente cómo retiramos a las niñas y niños del trabajo, sino cómo evitamos que una familia tenga que considerar esa posibilidad como una alternativa viable ante la ausencia de trabajos dignos para los adultos. Ahí es donde realmente comienza una transformación social profunda. Mientras sigamos viendo el trabajo infantil como una irregularidad aislada que debe castigarse, seguiremos llegando demasiado tarde. Debemos reconocerlo como una señal de alerta sobre las condiciones en las que viven millones de familias y sobre las decisiones económicas y sociales que como país hemos tomado. La infancia no debería ser una estrategia de supervivencia. Una sociedad que obliga a sus niñas y niños a sacrificar su educación, su descanso y sus oportunidades para sostener el presente está comprometiendo su propio futuro.

____________________________________________ Mario Valdez es director Nacional de World Vision México. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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