Era el juego de la fecha en Inglaterra; un domingo a mediodía por estos lados para acompañar el almuerzo. El City visitaba Anfield tratando de no perderle el paso a un Arsenal que parece no incomodarle el liderato. El local, un Liverpool sin alma, que la única versión que ha dado hasta ahora es la de una desesperante inconsistencia. Del campeón del año pasado, queda solo el recuerdo.

Nada en demasía, rezaba una de las máximas délficas inscritas en el pronaos del Templo de Apolo en la antigua Grecia, traducido al campo de juego en un exceso de estrategia que le quita al fútbol su encanto; eso le pasaba al partido en el primer tiempo. Guardiola, en sus aguas, veía cómo su equipo presionaba impidiendo al rival salir jugando, por lo que conectar más de dos pases seguidos les era imposible. Estaba siendo una constante mitigación de riegos y, cuando se exagera en eso, el fútbol parece más ajedrez.

Los minutos pasaban y a quince del final se comenzaba a hablar de un cero a cero poco común entre estos dos equipos. Justo ahí, se produce una falta que permite una jugada a balón parado: el húngaro Szoboszlai lo acomoda y se manda un zapatazo que besa el palo y se mete en la portería de un Donnarumma que no se lo cree, y lo entiendo, porque este tipo de goles son de otra época.

Las estadísticas evidencian que la proporción de tiros libres directos que terminan en gol está en niveles históricamente bajos. De los treinta por año que solían promediarse cada temporada en las principales ligas de europeas a principios del milenio, veinticinco años después se calculan apenas trece , menos de la mitad. Un recurso que a pesar de estar en extinción, nos sigue regalando esos golazos que no se olvidan jamás.

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Como aquel de Roberto Carlos a Barthez en la Intercontinental de 1997, y los tantos que se cansó de hacer después en su patio el Bernabéu; los de Junino Pernambucano, cuya comba levantaba la pelota para hacerla descender inatajable. Así le convirtió un par a Casillas en Champions. Por eso este gol de ‘Szobo’ fue un homenaje también a Beckham, a Marcelinho Carioca, a la memoria de Carlos Alberto Torres y de Sinisa Mihajlovic, al tiro libre que se resiste a salir y, aunque no lo inviten, sigue siendo parte de la fiesta del fútbol, la de verdad.