Hay quien puede definir a los políticos como las personas que se dedican a hacer promesas que saben que no pueden cumplir, pero que no obstante pretenden lograr ganar las elecciones a cualquier costo. Esto no es tan sorpresivo puesto que es un fenómeno que no es ajeno a muchos países en que el juego electoral incentiva la competencia de la exageración en la oferta al electorado. Pero en estos temas también hay niveles y rangos de posibles excesos o abusos en el proceso. El problema principal es reconocer cuál es la frontera que una persona o agrupación política esté dispuesta a rebasar para lograr el triunfo en las urnas. Ahí es donde radica el problema a tratar en esta entrega. En México tenemos serios problemas a desmenuzar.

A partir de su creación en 2015 y el exponencial crecimiento electoral (en el cual necesariamente ha intervenido dinero sucio proveniente de organizaciones delincuenciales dentro y fuera del país), Morena se ha dedicado al engaño sistemático y la demagogia institucional. A partir de su creador que vio la oportunidad de acceder al poder como parte de un movimiento pendular en la política latinoamericana, se rodeó de personas que estaban dispuestos a adoptar una línea de argumentación y de demagogia, sin importar su pasado, antecedentes, ideología, trayectoria o forma de actuación. El único requisito fue y ha sido el predicar la línea narrativa que se fija por el grupo nuclear de comunicación. Nada más, nada menos. Los principios y solvencia personal son irrelevantes. Así vemos que donde inician los problemas es que las líneas de argumentación de cómo ganar las elecciones se centran en temas que son atractivos en la superficie para el electorado, suelen ser frases pegajosas, no tienen mucho o nada de estudio o análisis de por medio, y se pueden repetir en múltiples contextos sin perder valor. Pero al final del día generan una campaña electoral que es eficaz en cuanto a atraer atención del electorado. Así tenemos que con lemas como “Primero los Pobres”, “Abrazos, no Balazos”, y “Acabaremos con la Corrupción”, se hizo el caldo de cultivo perfecto para que aún sin programa de acción, sin un diagnóstico serio, y claramente sin ideas sofisticadas de cómo resolver los reales problemas del país, procedieron a inundar el mundo electoral y ganar muchos puestos relevantes, incluyendo la Presidencia y también sedes estatales, legisladores, y muchos otros en los 3 niveles de gobierno. Dentro del canon populista es necesario jamás ceder en la discusión de la oferta electoral y repetir dichos mensajes ad nauseam, aunque poca o nula conexión tengan con la realidad de la zona, región o país. Y así se hace como disco rayado para nunca tener que explicar nada sobre el porqué no se logran tener resultados de especie alguna. No importa que no haya cambio alguno en lo que se prometió. Lo único es culpar a los del pasado de todo lo que acontece, no aceptar responsabilidad de nada, polarizar a la población en forma radical, y apagar las voces disidentes con todo el aparato coercitivo estatal. Perversos y sofistas en todo lo que hacen. Pero los problemas siguen. Y es que además de todo lo anterior, el siguiente paso es que a pesar de haberse lanzado a la conquista electoral prometiendo cambios en materia de seguridad, mejorar el sistema de salud, combatir el rezago educativo, abatir la corrupción, parar la militarización del país, favorecer el crecimiento económico, lograr la autosuficiencia energética y alimentaria, y en general mejorar los niveles de vida de la población, sus actos han sido radicalmente distintos. Y es que el juicio histórico (que ya se vierte en forma contundente contra Morena), es que se tiene que juzgar a las personas no por lo que dicen, sino por lo que hacen. Por los hechos, no por los dichos. Y la evidencia es abrumadora. Así tenemos que hoy por hoy podemos muy fácilmente demostrar la enorme distancia entre lo que se ofreció como parte de su paquete electoral y su narrativa permanente, y lo que realmente ha pasado en el país por ocho años. Y es que es necesario romper el hechizo comunicacional. Porque por mucho que ellos sigan insistiendo en su forma de engaño permanente, eso no es compatible con lo que realmente sucede en las calles y se siente en la vida diaria. Se requiere abrir los ojos y la mente de todos los que con la esperanza de una mejora en sus condiciones de vida creyeron que se haría un milagro y que repentinamente vendría un incremento cualitativo para todos ellos. Y se quedaron esperando porque no ha llegado nada distinto a ciertas sumas que se entregan con alguna frecuencia. Y no llegará nada más en momento alguno. Es materialmente imposible.

Precisamente parte del esperpento político es que el sustento metodológico del gobierno populista se reduce justamente a impulsar una serie de programas sociales para que por lo menos por esa vía haya un beneficio económico directo hacia el elector. Se convierten esos recursos en una especie de renta de voluntades. Los habitantes están dispuestos temporalmente a dar preferencia en las urnas a quienes entregan fondos en efectivo. El problema es que dichos fondos se entregan a costa de un deterioro neto en los servicios públicos de salud, educación, trabajo, medio ambiente, seguridad, justicia, etc. Y con ese demérito el tema es que el dinero ya no alcanza para subsidiar las carencias de los servicios públicos inexistentes o paupérrimos. Y ahí y ahora es donde el hechizo se rompe con el impacto de la realidad. La casa de naipes se derrumba por su propia fragilidad. Pero no paran ahí. Como el gobierno populista sabe que no puede dar servicios públicos de calidad, ni dar seguridad jurídica o física, además de fallar en el resto de los indicadores de desempeño, entonces solamente le queda como opción el resaltar la entrega de programas sociales como la forma de medir su éxito ante el electorado. Pero si lo analizamos fríamente nos daremos cuenta que esta narrativa es sumamente peligrosa y regresiva. Un gobierno que mide su éxito en el número de personas que se suman a las filas de los receptores de programas sociales, en el fondo está admitiendo que es incapaz de lograr una real transformación económica que sustente un crecimiento en las condiciones de vida de la población y un real clima favorable. Simplemente decir que hay más beneficiarios de programas sociales (e incluso receptores de remesas del extranjero), es en el fondo el mejor mecanismo de asegurar que no haya mejora en la población, que se vuelvan rehenes electorales, y que el sistema esté condenado a la ruina en cuanto se acaben los fondos públicos o la capacidad de endeudamiento de la nación. El sistema es efímero por esencia. Además, hay que citar los enormes escándalos de corrupción rampante como uno de los problemas más obvios en que no solamente no se resolvieron, sino que se exacerbaron y han llegado a niveles históricos jamás antes vistos. El huachicol fiscal es en los hechos el esquema de corrupción más grande en la historia del país, y probablemente del mundo. Difícilmente se puede dar otro ecosistema que permita el robo de más de $600 mil millones de pesos, entre otras cosas porque solamente se pudo haber instrumentado con la intervención directa desde la Presidencia de la República. En otro caso extremo, sobrecostos en las obras faraónicas llevan a cifras escandalosas de más de $670 mil millones de pesos desperdiciados. Y si no fuera suficiente, además sabemos que en coparticipación con la delincuencia organizada se ha permitido la expoliación de la población y de empresarios de todos niveles mediante esquemas de extorsión y cobros de derecho de piso. Esto se suma al hecho de que muchos de los líderes de Morena han sido sorprendidos en viajes extravagantes, compras de casas de lujo, uso de naves y vehículos extremos, y esquemas de robo de recursos a través de adjudicaciones directas. La suma es que no solamente no se resolvieron los problemas, sino que además se expandieron los escándalos y se multiplicaron los casos más serios de violación sistemática de las normas aplicables en materia de cuidado de los recursos públicos. Es así que tenemos la cruda realidad de que lo que vemos en el gobierno de Morena que ha logrado tener poder desde 2018 es una incompatibilidad brutal entre lo que ofrecieron y han dado. En el fondo todo es una escenografía de montar la idea de que habrá mejoras para la población sin planeación, estructuras o instituciones, sino simplemente en base a promesas e imposiciones. Pero la realidad es mucho más necia y no admite ser simulada por las meras discusiones y propuestas de los servidores públicos (que en este caso más bien se han servido del poder). Es por esto que sin temor a equivocarnos podemos decir que la incongruencia es el sello de la casa. Su capacidad de mentir no ha tenido límites.

Ante estas circunstancias la gran pregunta es hasta cuándo permitiremos como nación que quienes han hecho del engaño y la simulación un sistema de gobierno sigan en los puestos respectivos. La ecuación es simple. Si no hacemos lo necesario para que pronto dejen sus lugares quienes no merecen quedarse ahí, entonces nos mereceremos los daños respectivos. Por ello lo que se requiere es impulsar los movimientos comiciales que permitan que así como llegaron se vayan. Que una participación masiva mande un potente mensaje, básicamente que en lo sucesivo solamente es permisible tener personas que den resultados, no promesas vanas o excusas permanentes. Que gobiernen quienes sí quieran hacer el bien y dejar de lado de una buena vez la mentira sistemática, algo que de hecho ya empezó a suceder en Latinoamérica. Toca el turno en México. La oportunidad para hacerlo está a la vista en las elecciones intermedias de 2027. Ese junio del año que viene muy probablemente sea la prueba más importante que jamás haya tenido el país para detener esta debacle democrática y económica. Si no queremos incongruentes, nosotros tampoco podemos serlo. Si se quiere el cambio, la presencia en las casillas debe ser multitudinaria. Para ello los partidos de oposición requieren hacer un trabajo particularmente meticuloso en la selección de candidatos, la articulación de campañas, y los mecanismos de comunicación, todos disruptivos y a la altura del reto nacional que estamos describiendo. Nos queda entonces a cada uno de nosotros si queremos estar del lado de la congruencia o no. Espero que todos decidamos y actuemos. En junio de 2027 puede ser la última vez que tengamos esa opción si no actuamos contundentemente. Y en ese tenor la participación de Somos México será particularmente relevante como el vehículo que viene a oxigenar todo el proceso democrático nacional. Hay que ser parte de esta nueva fase para el país. P.D.1. La muerte de personas en un nuevo accidente en la refinería de Dos Bocas es una muestra más de lo que pasa cuando se realizan obras sin planeación, con desapego a normas científicas, y cuando se privilegian los caprichos. El resultado lamentablemente se llega a medir en el número de personas que pierden la vida. Así de grave. Así de irresponsable. P.D. 2. No podemos olvidar a Carlos Manzo. Ya pasaron 5 meses y la constante es que su muerte sigue sin ser materia de una investigación seria que dé con los responsables. Cada vez más claro que los responsables del delito son las fuerzas delincuenciales con las que los gobiernos estatal y federal mantienen una complicidad criminal. A Carlos Manzo se le abandonó en vida y también ahora. Son despreciables. P.D. 3. Me encantaría confirmar que nuestro país está en la vanguardia de los grandes temas internacionales, incluyendo la ola de inteligencia artificial que está afectando todas las actividades de las empresas del mundo. Lamentablemente la agenda de temas en México es lo que corresponde a la agenda autoritaria del gobierno. Estamos perdiendo una enorme oportunidad víctimas de la demagogia pública prevaleciente. P.D.4. El país sigue desperdiciando recursos en subvencionar las obras faraónicas y los caprichos del anterior Presidente. Ninguno de los proyectos han dado ni el menor servicio o resultado. Pero sí requieren recursos multi-millonarios para lograr operar. Tenemos que citarlos con frecuencia porque no podemos normalizar el que los proyectos públicos se hagan con esta ligereza e irresponsabilidad.

P.D.5. La propuesta de la reforma electoral o plan B, no deja de ser un atraco a la democracia. No pensemos que el problema desapareció porque ya no tocaron a los plurinominales. Siguieron atacando la autonomía operativa del INE, debilitan sus finanzas, amenazan la independencia de los estados y municipios, y sobre todo, artificialmente pretendieron utilizar la revocación de mandato como una forma de utilizar tiempo y recursos públicos para que la Presidenta promoviera su gobierno y plataforma a efecto de impulsar a su propio partido en un nuevo ejercicio de una elección de estado e inequitativa. Lo que no sabían es que el PT se les iba a rebelar para no votar con ellos en lo que a la revocación de mandato se refiere. _____ Notas del editor: Juan Francisco Torres Landa es miembro del Consejo Directivo de UNE México y de la red de Unid@s. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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