Italia es una de las invenciones más maravillosas que ha creado el ser humano desde que se puso de pie y comenzó a andar. Un pueblo, formado por muchos pueblos de una hermosura tal que parecen de mentira. Las bellas artes se expanden y conviven en una particular armonía de norte a sur a lo largo de toda su geografía, de Valle de Aosta hasta la Calabria, incluidas Sicilia y Cerdeña. De ese paisaje único es parte fundamental también el fútbol, que ha sido adaptado a la cultura del país entrando por las puertas de las viejas actividades culturales renacentistas.

A diferencia de la mayoría de lo países, sobre todo de aquellos ubicados en el mundo occidental, al fútbol no se le llama fútbol, se le llama ‘calcio’ por una razón histórica interesante; la palabra significa patada y viene del verbo calciare que en español significa patear. Es decir, describe directamente la acción principal del juego. Pero el origen no es solo lingüístico, también histórico: una especie de homenaje al Calcio Florentino que se practicaba en ciudades de la Toscana desde el mismo siglo XV.

Los tiempos modernos dan cuenta de la pasión, del éxito y de lo que significa el calcio para esta gente. Fueron los primeros bicampeones del mundo, la primera tricampeona entre las europeas; junto a Brasil – que tiene cinco -, y Alemania, son las únicas en tener cuatro estrellas grabadas en sus camisetas.

Con semejante palmarés, nivel y tradición cuesta asimilar que Italia no haya podido clasificarse para los dos últimos mundiales. Las desgracias deportivas existen, y eso precisamente ocurrió en aquellos procesos eliminatorios. Después, han salido las opiniones de que se trata de una o dos generaciones perdidas. Puedo llegar a entender el grado de fatalidad que ha producido esta tragedia, pero llamarle así a una camada que ha dado nombres del talento de Donnarumma, Bastoni, Barella, Frattesi, Dimarco o Tonali me parece injusto.

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Esta tarde en Zenica, una ciudad de Bosnia y Herzegovina donde todavía resuena el recuerdo de la guerra, los italianos se juegan contra la selección local su regreso a la fiesta más grande   que existe en el deporte. Una final que de llevársela representaría un gran alivio para ellos y para la mayoría de los futboleros del mundo, quienes no soportarían volver a vivir eso de una Italia sin mundial.