En mi experiencia de amor al cine se puede decir que inició una tarde de domingo en Torreón. En un vetusto teatro que desconocía de su existencia y de su magnitud, llamado Isauro Martínez, el cual guardaba su piso de madera (igual que el cine Princesa, que después conocí y se quedó en mi mente de niño). Y fue posiblemente ese destello de luz que se esparció por aquel muro blanco, el cual capturó mi mirada, debido al color, a la magnitud de la imagen, pero indiscutiblemente a la historia, y esa era Blanca Nieves.

Lo que viví esa tarde fue maravilloso, sentimientos que brotaban en aquel cuerpecito de 5 años, que se emocionó con la maravilla que era esa técnica de la animación, la cual ya tenía varias décadas de haber sido estrenada (1937) pero que guardaba intacta su magia, su capacidad de ocasionar la risa, el terror y el amor, con unos cuantos minutos. Y eso lo guardó como un tesoro invaluable.

Por ello, lo que viví en esta ocasión dista totalmente de aquel…

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