Morena acaba de presentar una iniciativa para convertir la “intervención extranjera” en procesos y campañas políticas en causal de nulidad de elecciones. Claudia Sheinbaum salió a respaldarla y Ricardo Monreal asegura que el objetivo es defender la soberanía nacional.

A decir de los proponentes, la iniciativa va dirigida a evitar la intervención de individuos, organizaciones o gobiernos extranjeros con la intención de influir en las preferencias o en los resultados electorales. Pero, al final del día, nadie sabe exactamente a qué se refieren y eso no parece un descuido, parece precisamente el verdadero propósito de la reforma. La redacción es tan ambigua que prácticamente cualquier cosa podría caber ahí: una declaración de un funcionario extranjero, una investigación periodística internacional, una filtración, una campaña digital, una organización financiada desde el exterior, una plataforma tecnológica, un documental o incluso publicaciones en redes sociales. Todo podría terminar etiquetado como “injerencia”. Y si las autoridades electorales quedan sometidas al poder político, entonces también podría convertirse en una herramienta para anular elecciones incómodas, desacreditar denuncias o perseguir opositores. Lo más escandaloso no es solamente el riesgo autoritario, sino el tamaño de la hipocresía. Porque López Obrador, Sheinbaum y Morena llevan años haciendo exactamente aquello que ahora dicen combatir. Ahí está el caso de Neurona y Podemos en 2018, las investigaciones judiciales en Europa sobre vínculos entre operadores españoles, consultores extranjeros y estructuras de propaganda relacionadas con Morena. Ahí están también las denuncias sobre triangulación de recursos y campañas digitales internacionales con origen ruso alrededor de la elección presidencial de 2018. Aunque varias investigaciones no terminaron en sanciones, el problema político jamás desapareció. Morena convivió feliz con apoyo internacional mientras eso le ayudaba a ganar elecciones. Y no sólo recibieron respaldo extranjero, también se dedicaron a intervenir política e ideológicamente en procesos electorales de otros países. López Obrador se metió abiertamente en las elecciones de Colombia para respaldar a Gustavo Petro y el gobierno colombiano tuvo que reclamarle formalmente. Intervino en Perú defendiendo a Pedro Castillo y atacando al gobierno de Dina Boluarte hasta provocar una ruptura diplomática. Tomó partido en Ecuador contra Daniel Noboa y terminó detonando una de las peores crisis diplomáticas de las últimas décadas. También respaldó a Cristina Kirchner en Argentina, convirtió el asilo de Evo Morales en bandera ideológica y celebró públicamente triunfos de candidatos de izquierda en toda América Latina. Cuando la izquierda gana en otro país, según Morena eso se llama solidaridad internacional. Cuando alguien opina sobre México, entonces mágicamente se convierte en “intervención extranjera”. Todo esto ocurre además en un contexto particularmente delicado. El gobierno mexicano lleva meses obsesionado con la soberanía, las conspiraciones internacionales y los supuestos ataques extranjeros contra México. Sheinbaum repite diariamente el discurso de la injerencia. El ecosistema de propagandistas del régimen habla de campañas internacionales contra el gobierno, de operaciones mediáticas desde el extranjero y de conspiraciones coordinadas desde Estados Unidos. Parecen estar preparando el terreno para algo mucho más grande, porque al mismo tiempo Washington endureció el tono contra México de una manera inédita. Ya no hablan únicamente de narcotráfico, ahora hablan de narcopolítica. Ya no señalan solamente criminales, ahora señalan gobernadores, funcionarios, estructuras de poder y redes de protección política.

El caso de Rubén Rocha Moya abrió una crisis que Morena todavía no logra dimensionar. Estados Unidos ya dejó ver que vienen más expedientes, más acusaciones y más nombres. Dejaron de tratar el problema mexicano únicamente como un asunto de seguridad y comenzaron a tratarlo como un problema de captura criminal del poder político. Y el gobierno lo sabe. Por eso la iniciativa que presentaron se parece mucho más a un blindaje político que a una defensa de la soberanía nacional. Porque si mañana Estados Unidos libera investigaciones, testimonios, expedientes financieros o acusaciones contra políticos de Morena en medio de un proceso electoral, el oficialismo podría intentar etiquetar todo eso como “intervención extranjera” y entonces convertir cualquier revelación incómoda en un argumento para victimizarse, desacreditar adversarios o incluso judicializar elecciones. Ese parece ser el verdadero fondo de todo esto. No están construyendo una protección democrática, están construyendo una coartada. Una herramienta para decir que toda denuncia internacional contra Morena es una agresión contra México, como si el partido fuera la patria, como si investigar a sus políticos equivaliera a atacar la soberanía nacional, como si exhibir la narcopolítica fuera una forma de invasión extranjera. El problema para Sheinbaum y López Obrador es que la realidad ya los alcanzó. Durante años jugaron a la revolución latinoamericana, a la propaganda internacional, a las alianzas ideológicas y a la victimización permanente. Hoy que las investigaciones empiezan a acercarse peligrosamente al poder político, descubrieron de pronto el amor por la no intervención. Pero ya es demasiado tarde, porque el mundo entendió algo que Morena todavía se niega a aceptar: defender a Morena no es defender a México. ____ Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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