El 15 de septiembre de 2026, la Casa Blanca notificó al Congreso su Presidential Determination on Major Drug Transit or Major Illicit Drug Producing Countries para el año fiscal 2027. México aparece en la lista de 23 países, junto con Colombia, Afganistán, Bolivia y otros veinte. No está entre los cuatro señalados como países que «fallaron demostrablemente» –Afganistán, Bolivia, Birmania y Colombia–.
Leído superficialmente, el documento parecería una formalidad diplomática más. Leído con rigor, es una de las señales más duras que Washington ha enviado a México en los últimos años, no por lo que dice explícitamente, sino por hacia dónde desplaza la conversación. La lista es lo de menos El error de lectura más común será celebrar que México «no reprobó». Ese marco es insuficiente. El documento reconoce decomisos, laboratorios desmantelados y la cooperación que permitió la baja de «El Mencho». Pero inmediatamente subordina ese reconocimiento a una exigencia: que México «tome acción adicional contra las organizaciones narcoterroristas que dominan vastas áreas de su territorio». Ese verbo –dominan– es la clave estratégica. Estados Unidos ya no mide a México por decomisos, sino por control territorial efectivo del Estado frente al crimen organizado. Y ahí, ningún gobierno mexicano reciente ha podido ofrecer una respuesta contundente. De la droga a la infraestructura de la droga El segundo eje, y quizá el más relevante para entender hacia dónde va la relación bilateral, es el cambio de objeto de análisis estadounidense. Ya no se trata solo del narcotraficante, sino del ecosistema que lo sostiene: precursores químicos, puertos, lavado de dinero, empresas fachada, redes logísticas y protección institucional (con base en las exigencias explícitas de fortalecer inspección portuaria e integridad de cadenas de suministro). Esta lógica es coherente con la Estrategia Nacional de Control de Drogas 2026 de Estados Unidos, que condiciona la cooperación a resultados medibles: arrestos, extradiciones, desmantelamiento de laboratorios sintéticos. El desplazamiento conceptual —de «combatir criminales» a «desmantelar organizaciones»— exige un tipo de inteligencia y de justicia que México aún no ha demostrado poder sostener de forma consistente.
La corrupción entra a la agenda bilateral de manera explícita El párrafo más delicado del documento no habla de cárteles, sino de funcionarios: exige «exponer, arrestar y procesar a los numerosos funcionarios públicos corruptos que han ayudado y facilitado a los cárteles». Es un salto cualitativo. Washington no está diciendo que México sea un «narco-Estado» —eso sería una afirmación que el documento no hace y que sería un error atribuirle, pero sí está incorporando la complicidad institucional como componente formal de la evaluación antidrogas. Eso convierte a la narcopolítica, entendida no como una lista de nombres sino como la intersección entre decisión pública e interés criminal, en materia de política exterior estadounidense hacia México. La pregunta de inteligencia relevante deja de ser «¿qué político está señalado?» y pasa a ser «¿dónde coinciden sistemáticamente los contratos públicos, las plazas policiacas, las aduanas y los intereses de las organizaciones criminales?».
Gobernanza criminal y el límite de los indicadores oficiales México puede seguir mostrando toneladas incautadas, laboratorios destruidos y homicidios a la baja, pero ninguno de esos indicadores demuestra pérdida de capacidad estructural del crimen organizado. Un territorio puede mejorar sus cifras delictivas y, simultáneamente, sostener economías de extorsión, control de rutas, desaparición forzada y captura de autoridades locales. Eso es gobernanza criminal, y es precisamente lo que el lenguaje estadounidense sobre «dominio territorial» pone en el centro del debate. Mientras México mida éxito por resultados operativos y Washington mida éxito por desmantelamiento estructural, la fricción bilateral seguirá creciendo (IA). Implicaciones para México Las implicaciones son de tres órdenes. 1. Diplomático: el expediente de funcionarios corruptos puede convertirse en el punto más explosivo de la relación, con potencial de escalar hacia sanciones OFAC, investigaciones del DOJ o presión de visado contra actores mexicanos concretos. 2. Presupuestal: el documento cuestiona directamente la suficiencia de la inversión mexicana en seguridad, lo que presiona hacia una revisión del gasto en inteligencia, aduanas, fiscalías y protección de testigos, no solo en efectivos desplegados. 3. Y de soberanía: existe una tensión no resuelta entre el principio mexicano de «cooperación sin subordinación» y la exigencia estadounidense de «cooperación con verificabilidad y responsabilidad institucional». Rutas para administrar la crisis antes de que estalle Ante este escenario, la respuesta mexicana no puede limitarse a defender cifras de decomisos. Se requieren al menos cuatro líneas de acción. – Primera: blindaje institucional real —no discursivo— de fiscalías, aduanas y policías, con mecanismos verificables de depuración y control de confianza, auditables por terceros. – Segunda: una unidad de inteligencia financiera fortalecida y coordinada con Estados Unidos que ataque el lavado y las estructuras patrimoniales del crimen, no solo la droga física. – Tercera: un marco de cooperación bilateral que incluya métricas compartidas de éxito —pérdida de capacidad criminal, no solo toneladas— para evitar que Washington imponga unilateralmente su vara de medición. – Cuarta: anticipación política: investigar y procesar internamente casos de complicidad institucional antes de que Estados Unidos lo haga desde su propia jurisdicción, porque la iniciativa procesal define quién controla la narrativa. Cerrando la ecuación… El documento del 15 de septiembre no certifica a México como cómplice del narcotráfico. Pero sí desplaza el estándar de evaluación desde la eficacia operativa hacia la integridad institucional, y ahí es donde México enfrenta su mayor vulnerabilidad. La pregunta que México debe responder en los próximos meses ya no es cuánta droga decomisó, sino qué parte de su propio aparato de Estado permitió, por acción u omisión, que las organizaciones criminales sobrevivieran durante años. Esa es la crisis que se anuncia, y también, si se administra con inteligencia y no con reacción defensiva, la oportunidad de una reforma institucional que México ha postergado durante dos décadas. *Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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