Hay políticos que caen por un error. Y hay políticos que caen porque construyeron, ladrillo por ladrillo, su propia trampa. Marina del Pilar Ávila Olmeda pertenece a la segunda categoría. La gobernadora de Baja California vive hoy, según todo lo que se ha filtrado y confirmado en los últimos días, el episodio más oscuro de su carrera: el de una mandataria que negoció, en llamadas privadas, su propio futuro legal con quienes se presentaron como intermediarios del FBI y del Departamento de Justicia de Estados Unidos.
La guerra con Bonilla: el fantasma que no se va Contra la pared, sin salida limpia
No es una acusación menor ni un rumor de pasillo. Son audios que ella misma reconoció como reales, provenientes de una conversación en la que se escuchaba a una voz —identificada como la suya— preguntar, con genuino pánico, si buscaban llevarla «de extradición», ofrecer compartir «todo lo que pueda saber» de las mesas de seguridad del estado, y confesar un historial de reuniones con esas agencias en San Diego y en la Ciudad de México que contradecía años de negaciones públicas. Ese es el núcleo del escándalo: no lo que le hicieron, sino lo que ella misma dijo estar dispuesta a hacer. Y aquí aparece la primera gran ironía de esta historia. Marina del Pilar sabía perfectamente con quién hablaba. Sabía que estaba tocando la puerta de agencias extranjeras para intentar resolver, por la vía discreta, señalamientos que en público siempre calificó de infundados. Cuando la careta se cae, lo que queda es una gobernadora que trató como salvavidas personal algo que debió tratar como asunto de Estado. Y ese es, quizás, el pecado original de todo su gobierno: confundir el poder con inmunidad. Quien gobierna creyendo que las reglas son para los demás, tarde o temprano se topa con un sistema, el mexicano o el estadounidense, da igual, que sí lleva cuentas. Ningún capítulo de la política bajacaliforniana se entiende sin Jaime Bonilla. Cuando Marina del Pilar lo señaló como el orquestador del acercamiento con los supuestos agentes estadounidenses, el exgobernador no se quedó callado: la acusó de vivir «una crisis de pánico» por investigaciones que, según él, se le siguen en Estados Unidos por narcoterrorismo, y remató con una pregunta incómoda, ¿por qué alguien pediría ayuda a quien ha llamado públicamente «su peor enemigo»? Es la misma vieja rivalidad de siempre, la que ha marcado casi todo el sexenio: dos figuras que se necesitan para gobernar Baja California y que, al mismo tiempo, se destruyen en público cada vez que pueden. Bonilla incluso dejó caer algo más filoso que cualquier insulto: que la sucesión ya se perfila hacia otros nombres dentro del propio bloque gobernante, mientras la gobernadora en funciones se hunde sola en el descrédito. Lo que hace inevitable la caída de Marina del Pilar no es solo el escándalo de los audios. Es la acumulación: desencuentros constantes con aliados y adversarios, un estilo de gobierno que muchos describen como arrogante y cerrado al diálogo, y ahora una crisis que ya no puede resolverse con un comunicado de prensa ni con la frase de «fue una trampa». Su margen de maniobra se reduce a una apuesta arriesgadísima: garantizar que la sucesión en la gubernatura quede en manos de alguien de su entera confianza, porque solo así podría aspirar a algún tipo de protección política una vez que deje el cargo. Si esa apuesta falla, el camino que se abre —dicen quienes conocen el expediente— es el de los tribunales, tanto en México como en Estados Unidos. Dejarán de apoyarla. El precedente ya existe y es doloroso para Morena: Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa, acusado por una fiscalía de Nueva York de vínculos con el Cártel de Sinaloa, lleva meses escondido, sin apariciones públicas verificables, mientras la propia presidenta reconoce que «está ubicable» pero no comparece. El mensaje es claro: la protección política de la 4T tiene un techo, y ese techo se llama Estados Unidos. Cuando el Departamento de Justicia decide actuar, ni la militancia, ni el discurso de la «cuarta transformación», ni las conferencias mañaneras alcanzan para blindar a nadie.
El testimonio que nadie debería imitar
Al final, el caso de Marina del Pilar no es solo el expediente de una gobernadora en problemas. Es un espejo incómodo de lo que el poder hace cuando se ejerce sin límites ni autocrítica, es un tema de auto sabotaje. No importan las siglas del partido, ni las banderas ideológicas, ni los discursos de justicia social repetidos hasta el cansancio: cuando la ambición sustituye a la vocación de servicio, el poder termina corrompiendo hasta a quienes juraron representar un cambio. Marina del Pilar quiso gobernar sin construir consensos, confundió autoridad con prepotencia, y hoy negocia en la sombra lo que debió resolver con transparencia desde el primer día. Su historia debería enseñarse no como ejemplo de liderazgo, sino como advertencia: el poder sin humildad, tarde o temprano, se devora a sí mismo. _____ Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.
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