A sus 38 años, Roberto Velasco Álvarez asumió el 1 de abril de 2026 la titularidad de la Secretaría de Relaciones Exteriores bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum, convirtiéndose en el canciller más joven de México en los últimos 40 años. Su llegada no es un accidente biográfico, es el resultado de una carrera construida desde adentro, con credenciales sólidas y una agenda bilateral que él conoce mejor que casi cualquier otro funcionario en activo.
Velasco nació en la Ciudad de México en 1987. Estudió Derecho en la Universidad Iberoamericana y obtuvo una maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Chicago, institución que ha formado a algunos de los arquitectos más influyentes de la política exterior latinoamericana contemporánea. Pero su distinción no está en el título, está en los años que pasó en las trincheras de la negociación bilateral más compleja del hemisferio. Desde 2020 encabezó la dirección de América del Norte en la Cancillería y luego ocupó la Subsecretaría para la región, acumulando experiencia directa en los expedientes más espinosos de la relación con Estados Unidos y Canadá: migración irregular, revisiones al T-MEC, fentanilo y seguridad transfronteriza, aguas del río Colorado y del Bravo, y los mecanismos de cooperación económica enmarcados en el USMCA. En ese periodo participó en al menos cuatro rondas formales de negociación con contrapartes de la administración Biden y en los primeros contactos de alto nivel con la administración Trump tras su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025. El contexto en que llega al cargo no admite curva de aprendizaje. México y Estados Unidos atraviesan uno de sus momentos bilaterales más tensos desde el TLCAN: aranceles del 25% anunciados por Washington sobre productos mexicanos en enero de 2025, presiones para la certificación en materia de narcotráfico, amenazas de designar a carteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras, y un flujo migratorio que en 2024 superó los 2.4 millones de encuentros en la frontera sur de Estados Unidos. En ese tablero, Velasco no llega como observador, llega como uno de los pocos funcionarios mexicanos que ha negociado cara a cara con los equipos de la actual administración estadounidense. Su nombramiento también tiene una lectura hacia adentro. En los últimos dos sexenios, la Cancillería sufrió una politización creciente que erosionó su capacidad técnica y su autonomía institucional. Velasco representa un intento de reequilibrar ese balance: un perfil formado en el Servicio Exterior, sin pasado partidista visible, con dominio del inglés y conocimiento operativo del sistema político de Washington —incluyendo sus dinámicas legislativas, sus agencias ejecutivas y sus grupos de presión. Las críticas que se le anticipan son legítimas. Conducir una subsecretaría regional no es lo mismo que dirigir una cancillería completa, con agenda multilateral, 70 representaciones en el exterior y responsabilidades que van desde la protección consular de los 38 millones de mexicanos en Estados Unidos hasta la posición de México en organismos como la ONU, la OEA y el G20. Tampoco está claro aún cómo manejará la tensión entre su cercanía con el círculo presidencial y la necesidad de proyectar una política exterior de Estado con continuidad y autonomía propia. Pero los argumentos a su favor pesan más, al menos por ahora. Velasco llega con un mapa detallado de la agenda bilateral, relaciones personales con interlocutores clave en ambas capitales y una narrativa que México necesita proyectar hacia afuera: la de un país que enfrenta presiones extraordinarias con profesionalismo y sin estridencias. En diplomacia, eso no es poca cosa.
El verdadero juicio vendrá en los próximos 18 meses, cuando se negocie la revisión formal del T-MEC prevista para 2026, y cuando deban concretarse acuerdos en materia migratoria y de seguridad que hoy siguen en terreno pantanoso. Ahí, más que el perfil, lo que contará serán los resultados. _____ Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.
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